monoteísmo, politeísmo y ateísmo

octubre 16, 2016 Comentarios desactivados en monoteísmo, politeísmo y ateísmo

La irrupción del monoteísmo profético supuso en la Antigüedad algo parecido a la penetración del ateísmo en la cultura moderna. Pues en ambos encontramos un rechazo de la divinidad al uso como falsedad. Tanto el monoteísta como el ateo acusan a quien posee una típica sensibilidad religiosa de plegarse a las ilusiones de un dios falso. Sin embargo, la operación monoteísta se distingue, como era de esperar, de la que lleva a cabo ateísmo contemporáneo por el hecho de que no niega la realidad de Dios, aunque tampoco sustituya la divinidad del politeísmo por otra solo que más fuerte. La disputa entre monoteísmo y politeísmo no debe comprenderse como la típica disputa infantil sobre quién la tiene más grande, aunque a veces algunos textos veterotestamentarios, como por ejemplo el que relata la disputa de Elías con los sacerdotes de Baal, así lo den a entender, sino como aquella en la que está en juego una nueva comprensión de lo que supone encontrarse bajo la realidad de Dios. Y es que el monoteísmo no es un politeísmo de un solo Dios. El monoteísmo exige, sobre todo fe, en el sentido de una confianza incondicional, mientras que los dioses paganos, esto es, los dioses literalmente de la tierra, mejor dicho, del territorio piden únicamente, como si fueran señores feudales, un trato -un culto, un tributo- adecuado. Y si el Dios de los patriarcas de Israel y, en mayor medida quizá, el Dios de los profetas reclama la fe del hombre es porque, de entrada, es un Dios problemático, un Dios que no aparece como dios al uso, sino como aquel que se da como promesa de sí mismo. El Dios bíblico es un Dios que está por ver. Un creyente es, por defecto, aquel que se encuentra sujeto a Dios y estar sujeto a Dios es, bíblicamente hablando, estar sujeto al mandato que se desprende, precisamente, de un Dios que no aparece como Dios, aquel que convierte al desheredado en señor. Pues en medio de la noche, el llanto de los que no cuentan para el mundo se revela como el imperativo insoslayable de Dios. Estar sujeto a Dios no es estar sometido a su poder físico, sino al poder de su voluntad -al poder de la Ley. Como podemos intuir el monoteísmo bíblico se halla cerca del ateísmo, al menos por el hecho de que Dios en verdad, como acabamos de decir, no aparece como el típico dios de la religión. La tensión, tan típica de la tradición de Israel, entre el profeta y el sacerdote debería entenderse como la tensión entre el Dios del monoteísmo y el de la religión. No es casual que el mismo Weber viera en el profetismo de Israel la raíz del desencantamiento del mundo. Ahora bien, si el riesgo del monoteísmo es el de recaer en una variante monolátrica del paganismo, al menos en la medida en que los hombres necesitan suponer la existencia de una divinidad palpable, tutelar, que garantice el sentido de la vida que nos ha tocado en suerte, el riesgo del ateísmo sería el de caer en ese craso ateísmo que fácilmente olvida que el sí o el no de nuestra existencia se decide ante lo que nos excede por entero y que, por eso mismo, no llegaremos a comprender, se trate del exceso del cosmos, aquel que provoca nuestro asombro o, lo que resulta más determinante, del exceso del mal. De ahí que para el creyente la relación con Dios no encuentre su expresión más pura en la oración que presupone que hay alguien detrás del teléfono, aunque a menudo no le dé tiempo a cogerlo, sino en el clamor que, a la manera de la botella de los naúfragos, apunta a aquel que en medio del desastre pueda salvarnos. Nietzsche dijo, no en vano, que el ateísmo es lo más difícil. Quizá deberíamos decir algo parecido con respecto a la fe. Y no porque esto de la fe sea algo complicado, sino porque incluso con respecto a la verdad de Dios estamos en manos de Dios. Fácilmente podemos suponer que hay Dios (y este suponer, en el fondo, carece de relevancia). Pero no depende solo de nosotros hallarnos en aquella situación en la que no somos más que el clamor de Dios.

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