Shakira

octubre 1, 2016 Comentarios desactivados en Shakira

Tomado un café en el Kamel escucho, como quien no quiere la cosa, la conversación de los de al lado. Parece ser que se dedican a las campañas solidarias. En particular, estaban tratando de organizar un concierto benéfico de Shakira. Dicen que Shakira siempre ha mostrado tener una especial sensibilidad hacia los más desfavorecidos. Esto está muy bien. Y ojalá todos fuéramos capaces de poner nuestro granito de arena. Sin embargo, algunos, dejándose llevar por el espíritu de los tiempos, creen que de lo que se trata, en las catequesis cristianas, es de promover, principalmente, un sentido de la solidaridad. Supongo que ello obedece a nuestra dificultad actual para hablar de Dios sin hacer el ridículo. Comprensible. Pero diría que el cristianismo es otra cosa, aun cuando se encuentre, obviamente, en continuidad con lo anterior. Viene aquí a cuento el episodio del joven rico. Como sabemos, la pregunta que el joven rico le dirige a Jesús es qué tiene que hacer para ser perfecto. De entrada, Jesús le responde como si la pregunta fuese qué hacer para ser buena gente: cumple con la Ley, esto es, no hagas daño, sé caritativo, cuida de quienes tienes junto a ti, colabora con Intermón… Pero el joven rico insiste: esto ya lo hago; ¿qué puedo hacer de más? Y aquí Jesús cambia de registro: si se trata de ir más allá, da lo que te sobra a los pobres y sígueme (y ya se sabía, cuando se escribieron los evangelios, cómo terminaban quienes seguían a Jesús). Como recordaremos, el joven rico no está por la labor… al igual que la mayoría de nosotros. Traducción: mientras aún confiemos en nuestras posibilidades, incluso espirituales —mientras el mundo aún no nos haya despojado de nuestras túnicas o máscaras—, difícilmente seremos capaces de seguir las huellas del nazareno. El hombre, por sí solo, no es capaz de Dios. Y es que una cosa es reaccionar al sufrimiento de tantos y otra responder a la mirada del pobre. La reacción no procede del rostro de las víctimas, sino de la representación, por lo común dramática, de su dolor. El rostro del pobre, en cambio, no solo provoca nuestro sentimiento de compasión, sino que, en tanto que, de algún modo, nos acusa, exige una respuesta. La reacción, contrariamente a la respuesta, no compromete la integridad de la persona. De hecho, cuando nos vemos obligados a responder a la demanda de los rostros que claman al cielo, difícilmente podemos volver a ser como antes. Como decía, no estamos ante lo mismo, aun cuando, sin duda, podamos diferenciar entre buenas y malas reacciones. Una catequesis que, para hacerse la simpática, escamotee a Dios —o lo cuele de tapadillo como si fuera la excusa de nuestra elevación espiritual— podrá producir hombres y mujeres sensibles a la desgracia y, por consiguiente, capaces de reaccionar, pero difícilmente creyentes. El tema, con todo, sigue siendo, y sobre todo hoy en día, como hablar de Dios sin hacer el ridículo. Pero quizá no tengamos que hacer mucho más que darle la palabra a los testigos de Dios.

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