el Verbo

septiembre 30, 2016 Comentarios desactivados en el Verbo

La interpretación habitual del cuarto evangelio entiende que el Logos como entidad divina —lo que posteriormente se formulará como segunda persona de la Trinidad— y no solo como una de las expresiones de Dios, aun cuando encuentre una de sus raíces, quizá la principal según dicha interpretación, en los textos sapienciales del AT, es un hallazgo cristiano. En este sentido, la metáfora, utilizada, si no recuerdo mal, por Justino para desmarcarse de la interpretación que hacía del Logos una emanación, como si fuese la luz que fluye del Sol, es la del fuego capaz de provocar otro fuegos. Hay aquí distinción numérica, pero no de naturaleza: el segundo fuego no es menos fuego que el primero. De ahí el “estaba junto a Dios y era Dios” del evangelio de Juan. Sin embargo, la teología del Logos no surge como una especie de bolet, y no porque tenga un precedente en la tradición sapiencial o en los escritos de Filón, aun cuando podamos sospechar que en dicha tradición el carácter personal de la sabiduría divina es, más bien, un modo de hablar y no un intento de establecer una diferenciación en el interior de Dios. Como es sabido, durante la época intertestamentaria floreció dentro del judaísmo, sobre todo palestinense, una teología del Logos que defendía la existencia de “dos poderes en el cielo”: por un lado Dios y, por otro, el mediador divino. Podía discutirse, ciertamente, el carácter de la figura mediadora: que si se trata del Mesías o de Moisés, del Hijo o del primer ángel. Pero, en cualquier caso, lo que se daba por sentado es que, junto a Dios, se hallaba una entidad mediadora que era, al fin y al cabo, como Dios. De lo que se trataba, en el fondo, era de integrar la presencia de Dios con su extrema trascendencia. Como sabemos, Dios fue para el AT el Altísimo y el Santísimo, dos cualificaciones que no deben entenderse como atributos, sino como una expresión de la posición del hombre ante Dios. En este sentido, Dios es invisible e intocable (pues, en la Antigüedad, la santidad, en tanto que expresión de lo trascendente, significaba intangible: lo santo era lo que el hombre en modo alguno podía alcanzar, poseer, manipular, pues siempre permanecía más allá (y ello aunque en el AT la santidad de Dios poseía también fuertes connotaciones éticas: Dios era Santo en la misma medida en que era bueno o misericordioso). Evidentemente, el riesgo de perder de vista a Dios era alto. De ahí la necesidad de contar con figuras mediadoras que se encontraran del lado de Dios. No bastaba con los profetas o los “hombres de Dios”, al menos en tanto que se tenía que garantizar de algún modo la posibilidad de una intervención efectiva de Dios. Esto no es un problema para el paganismo, pues la divinidad pagana se hacia presente como un poder palpable, por decirlo así, pero sí lo es para el monoteísmo que hace de la presencia de Dios una presencia que roza la ausencia, si es que no pone los dos pies en ella. La trascendencia de Dios tampoco sería un problema si solo se tratara de acercarse espiritualmente a Dios o de cumplir con su voluntad. Pero la esperanza de Israel —un pueblo de impotentes— se basaba en creer que Dios, al final, actuaría en favor de los elegidos. La redención no es, simplemente, el resultado de una ascésis o la satisfacción por el deber cumplido. Lo que el hombre pueda hacer ante Dios a lo sumo puede elevarlo hacia Dios, pero no salvarlo del poder del mal. El sujeto agente de la redención tiene que ser alguien como Dios (y no solo como si fuera Dios), pues Dios, en sí mismo, sigue siendo el Altísimo. De ahí que la teología del Logos pretendiera conjugar la radical trascendencia de Dios con la posibilidad de la acción de Dios. Lo que estaba en juego, precisamente, era la posibilidad de la redención. La jugada no estaba exenta de peligros. Y, en este sentido, no es causal que la teología del Logos fuese acusada de diteísmo, esto es, de comprometer el monoteísmo de Israel. Pero, en cualquier caso, lo cierto es que la teología del Logos se abrió paso, aunque fuese marginalmente, en el abigarrado mundo del judaísmo del segundo Templo. La originalidad del cristianismo no reside, por tanto, en defender una especie de diferenciación en el interior de Dios, sino en proclamar que el mediador —el Hijo de Dios— es aquel que fue crucificado como un perro en nombre de Dios. Esto por sí solo es inaceptable para quien esté familiarizado con lo que significaba originariamente la palabra “Dios”. A oídos antiguos la confesión cristiana sonaba como si hoy en día alguien defendiera que Hamlet no lo escribió Shakespeare, sino un mandril en estado de celo. Absurdo, sin duda. Que para nosotros la cruz no sea piedra de escándalo, sino simplemente un mal final —o tan solo el precio que tienen que pagar quienes se comprometen hasta el final con la causa de Dios— es un síntoma de lo lejos que estamos de comprender.

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