profundidades

septiembre 5, 2016 Comentarios desactivados en profundidades

Para el creyente en una divinidad personal hay dos datos incuestionables. Por un lado, el mundo se encuentra atravesado de una presencia invisible (se supone que se trata de la presencia de Dios). Por otro, hay señales de esa presencia, señales que indican una voluntad. Dios quiere algo del hombre. Sin embargo, la sensibilidad religiosa no se encuentra vinculada necesariamente a la creencia en una divinidad personal. Uno puede perfectamente admitir que no todo se decide en el plano de lo familiar. Que el mundo que nos ha tocado en suerte tiene mucho de ilusión. Que donde nos limitamos a reaccionar a los estímulos del mundo, nuestra existencia se degrada. Que, al fin y al cabo, nos iremos con las manos vacías… sin que ello implique la existencia de un dios que se dirija al hombre. Es posible que esta última sensibilidad admita la existencia de divinidades. Sin embargo, éstas no constituirían algo último para esta sensibilidad. Los dioses —o los espíritus— serían aún demasiado mundanos como para merecer nuestra adoración. Pues bien, a pesar de que ambas religiosidades apuntan a un más allá de lo familiar, es obvio —o debería serlo— que no pueden comprenderse como diferentes aproximaciones a lo mismo. Pues, no es lo mismo que el non plus ultra de la existencia sea un Dios personal a que se trate de la nada. El yo que hay detrás de cada experiencia no es el mismo. No es el mismo yo el yo interpelado por Dios —el yo que debe responder a dicha interpelación— que el yo que se enfrenta a la nada como el horizonte irrebasable de lo real. De ahí que la cuestión de la verdad —la cuestión acerca de quien está en lo cierto— no pueda escamotearse en el diálogo interreligioso, lo cual es inevitable cuando, a la hora de ponerse a hablar, damos por sentado que las diferentes sensibilidades religiosas son diferentes modos de captar una y la misma realidad. Ahora bien, cuando ponemos la cuestión de la verdad como cuestión sine qua non, será difícil llegar a un acuerdo. Al menos, porque los sujetos implicados no juegan en la misma división. Sin embargo, tampoco nos vamos a pelear por ello. Hay todavía mucha hambre como para enredarnos con la verdad.

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