de Dios, el sexo y los fantasmas

agosto 4, 2016 Comentarios desactivados en de Dios, el sexo y los fantasmas

Cuando el otro irrumpe en el círculo cerrado de nuestras vida resulta difícil no verlo como un fantasma: tanto nos fascina como le tememos. En este sentido, una vez nos acostumbramos a él —una vez lo damos por descontado o, por decirlo con otras palabras, una vez forma parte de nuestro mobiliario existencial—, el otro es reducido a una cosa entre otras, disolviendo con ello su alteridad. El único modo de recuperar esa alteridad originaria es que perdamos de vista al otro: o bien porque salga de nuestra vida, o bien porque se muera. Pasa con el sexo y pasa con Dios en verdad. La revelación acontece en aquel instante en el que nos encontramos, como saben perfectamente los amantes, fuera del mundo. En el tiempo cotidiano —en el presente— solo cabe conservar lo revelado por medio de la memoria o del rito —impidiendo a través de ciertas prohibiciones, que el otro esté a nuestra entera disposición, que sea por entero tratable. El sentido del rito es, por tanto, conservar ese resto intratable de la genuina alteridad. Al despreciar el rito como praxis estéril en favor de un acceso puramente sentimental a la realidad del otro lo que hacemos es tirar al niño con el agua sucia. Dios en verdad es un fantasma. Pues acaso el fantasma sea lo único real que puede acontecer en la clausura de una existencia sometida al mundo. Así, Dios se revela inicialmente como el que interrumpe nuestra existencia, bien con su iniciativa prodigiosa, si permanecemos en el mundo del mito, bien a través su identificación con el excluído, si nos encontramos fuera de dicho mundo. Posteriormente, Dios se convierte en nuestra idea de Dios. Ciertamente, aquí tiene su lugar el memorial y el rito. Pero con el tiempo memoria y ritual pierden su sentido originario y díficilmente sabemos qué hacer con ambos. De ahí que Dios tenga que morir para que los hombres puedan reconciliarse de nuevo con Dios, aunque sea por medio de aquel que soporta sobre sus espaldas el peso de esa muerte. No otra cosa parece querer decirnos el kerigma cristiano.

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