utopía y política

julio 11, 2016 Comentarios desactivados en utopía y política

El individuo moderno siempre ha pecado de adanismo. En lo más profundo de su psique, late la voluntad de hacer tabula rasa del pasado. Es así que ha buscado, con la mejor intención, los modos de eliminar de una vez por todas lo que parece un impulso innato a la agresividad. Estamos, de hecho, ante la típica aproximación moral a un problema social. Su presupuesto es que el hombre puede hacer lo que quiera de sí mismo, lo que implica un rechazo de la existencia de un “pecado original”. Sin embargo, la idea de un “pecado original”, después de desprendernos de su carga teológica, pervive de algún modo en la moderna sociobiología. Desde du punto de vista, la naturaleza humana poseería unos límites, en última instancia genéticos, que no es posible franquear sin traicionar dicha naturaleza, esto es, sin que el hombre pase a ser otra cosa, a saber, un ángel o un dios, se supone que bueno. Por eso, cuando aceptamos ese límite, la aproximación moral a un problema social se revela como un error. Y el único modo de subsanarlo es por medio de una aproximación política a dicho problema. Pues aquí la cuestión no es cómo eliminar una agresividad que, en el fondo, no cabe eliminar, sino como canalizarla. Y es que la cuestión política no es qué debemos hacer, idealmente hablando, sino qué debemos hacer cuando lo que deberíamos idealmente hacer, no es posible hacerlo. Políticamente, vale aquello de que lo mejor es enemigo de lo bueno. Aquí lo mejor tendría un papel crítico, pero no regulativo, en el sentido de que determine directamente la acción transformadora. Sin duda, siempre habrá quien crea que el hombre es bueno por naturaleza. Y que, desde esta óptica, lo que hay que hacer es suprimir manu militari, como quien dice, las condiciones sociales que pervierten al hombre. Al menos por aquello de que muerto el perro, muerta la rabia. Pero para quien defiende la existencia de un “pecado original”, aun cuando sea en su versión moderna, esta solución solo puede conducir a nuevas formas de opresión o agresividad. Podríamos objetar que si algunos individuos singulares han conseguido sepultar la tendencia congénita a la agresión, entonces es posible creer que otro mundo es posible. Pues aquí se da por descontado que si cada uno hiciera lo mismo que esos hombres ejemplares, entonces todo sería muy distinto, cosa que es falaz. Pues la sociedad no es simplemente la suma de los individuos, sino una entidad que posee su propia lógica, tal y como la moderna teoría de juegos revela. De ahí que quizá otro mundo es posible, pero no como mundo en este mundo. Por eso, mientras sigamos en este, las cosas son las que son. De ello no se deduce que no sea posible el cambio, sino que no cabe un cambio que no sea, en el sentido más amplio de la palabra, político.

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