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julio 8, 2016 Comentarios desactivados en Er

No es cuestión menor preguntarse qué tipo de sujeto vamos a ser. Pues, y diría que ésta es una de las enseñanzas socráticas fundamentales, el yo no vive por encima —o, por debajo— de sus prácticas. Ciertamente, cada uno en la intimidad termina por desmentir su particular modo de ser. En lo más íntimo, uno se dice a sí mismo no acabo de ser lo que parezco. El yo siempre acaba confesando. En cualquier caso y cara a los demás, uno es lo que hace. Qué quieres ‘ser’ de mayor, esto es, a qué te quieres dedicar. Y es que no es lo mismo entregarse a la mentira por defecto —como en el caso del político metido en campaña— que a la búsqueda de la verdad, a la investigación contra el ébola, que a la necesidad de aumentar las ventas mensuales de prozac. Lo que hacemos —o dejamos de hacer— imprime carácter. Y, si no, que se lo digan al soldado que regresa de una guerra: el hombre que partió ya no existe. Sin embargo, es muy posible que quien pretende elegirse a sí mismo, cuando menos, intuyendo lo que se juega, no sea, de por sí, un cualquiera. De ahí que los antiguos griegos creyeran que, con respecto al propio carácter, todo ya estaba decidido de antemano. Por ello, si solo contamos con el carácter, no hay humanidad, sino clases de hombre. O, por decirlo en judío, si hay humanidad es porque no hay nadie que sea de una sola pieza; porque nadie coincide con el modo de ser con el que se identifica. El yo, por suerte para el hombre, tarde o temprano acaba declarando su insinceridad. 

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