Dios es otro (y, por tanto, nadie)

julio 3, 2016 Comentarios desactivados en Dios es otro (y, por tanto, nadie)

Mito es publicidad. Mejor dicho, el mal mito. Pues el espectáculo del publicista —como el espejismo que incita a los enamorados— solo muestra el lado amable de las cosas, el trazo que nos seduce, el canto de sirena. Solo hace falta un poco de tiempo para que aparezca la sombra del otro, su tara, aquello que díficilmente admitiremos junto a nosotros. Es lo que tiene la alteridad: tan fascinante como insoportable. Y es que si el otro es otro es porque hay en él algo de indigesto o inalcanzable, no porque sea perfecto, sino porque, al fin y al cabo, pretende aniquilarnos. El otro es también intimidación. De hecho, podríamos decir que esa negatividad que yace en lo más íntimo es la propia de la nada. Por consiguiente, aquello insoportable del otro, no es tanto la enfermedad o el defecto como el que no haya nada por debajo de sus diversas máscaras: un continuo o eterno más allá de sí mismo. De ahí que si Dios es realmente otro, no solo sea luz o sonrisa, sino también lo inquietante de Dios. Y lo inquietante aquí no es tanto que Dios pueda aniquilarnos como que, en tanto que otro, se encuentre más allá de sí mismo. Pues ese encontrarse más allá de sí mismo implica, de algún modo, no acabar de ser lo que uno muestra ser, un, por decirlo así, tenerse pendiente a sí mismo. Y lo que no acaba de ser, no es. En cualquier caso, será.

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