promises

junio 28, 2016 Comentarios desactivados en promises

Esto de creer en las promesas de Dios,  pensándolo bien, no deja de ser algo un tanto extraño, pues no parece que Dios hable como pueda hablarnos un espectro. De hecho, si hoy en día alguien nos viniera diciendo que oye voces fácilmente le consideraríamos un demente. ¿Por qué hemos de tomarnos en serio a quienes, en el pasado, dijeron que Dios les había confiado su promesa? Es sabido (o quizá no tanto) que la fe del pueblo, en los tiempos bíblicos, dependía de la fe de los hombres de Dios. Así, el creyente de a pie creía en lo que creían los testigos de primera línea, los patriarcas que soportaron el peso de un Dios por ver. Sobre sus espaldas —y solo sobre ellas— reposaba la fe de Israel. Otra cosa sería preguntarse cómo estos hombres llegaron a creer en las promesas de Dios. Y probablemente no entendamos gran cosa, si damos por descontado que Dios iba por un lado y sus promesas por otro. Para los hombres de Dios, la promesa de Dios es la promesa de Dios. De ahí que, bíblicamente, tal y como solía decir E. Jungel, Dios se dé en adviento —Dios es el que está por-venir. Pero, sea como sea, en nuestros tiempos democráticos, no vemos las cosas del mismo modo. Así, espontáneamente suponemos que la experiencia de Dios está al alcance de cualquiera, siempre y cuando logre sintonizar con la frecuencia en la que Dios emite. Como si Dios fuese un radio aficionado al que hay que pillar. Y quizá por eso mismo, el testigo, hoy en día, no sea tanto aquel de cuya fe depende nuestra fe —esto no podría admitirlo quien, siendo rabiosamente moderno, cuestiona la legitimidad del argumento ad hominem—, como, a lo sumo, un caso ejemplar o admirable. Sin embargo, al devaluar el papel del testigo —al negar que nuestra fe sea en verdad su fe—, fácilmente convertimos los contenidos de la fe en un tema entre otros, en una idea o, mejor dicho, en un ídolo al que podemos adherirnos desde nuestra sensibilidad o inclinación como quien admite, de hecho, la posibilidad de que haya vida inteligente en Andrómeda. Sin duda, al hacer de la fe un asunto privado estamos lejos de comprender de qué va esto de la esperanza bíblica. En realidad, puede que tan solo los huérfanos de Dios entiendan qué significa creer en lo que cree el hombre de Dios. Y es que en un mundo sin piedad, que es el mundo del huérfano, la viuda, el extranjero…, el hombre de Dios quizá sea lo más parecido a un clavo ardiendo. 

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