Dios es un mal actor

junio 27, 2016 Comentarios desactivados en Dios es un mal actor

Frente a los intentos de reducirlo a un saber sobre Dios, el cristianismo no puede renunciar a una salvación comprendida como historia. En este sentido, y por emplear la expresión de von Balthasar, el cristianismo es, de hecho, una teodramática. La salvación es, por tanto, algo que solo puede ser contado como aquello que sucede dentro de la escena del mundo, de tal modo que la crisis actual del cristianismo es, en parte, la expresión de nuestra dificultad para situar a Dios como personaje del drama, como sujeto agente… y paciente. Entendida cristianamente, la salvación es, así, obra de la gracia o, mejor dicho, de las cosas que hace Dios… y le suceden a Dios y no el resultado de un determinado método, camino o procedimiento. Ahora bien, un Dios interventor ¿no supone caer de nuevo en las pantanosas aguas del mito? ¿Acaso no implica hacer de Dios, aun cuando permanezca oculto en la otra dimensión, un ente más del mundo? Por eso, estos asuntos, desde una óptica judía, acaban siendo un poco más complejos. Precisamente, por su aversión al mito, un judío de la época de Jesús, difícilmente hubiera admitido un Dios entendido a la manera de un deus ex machina. De ahí, la figura, por lo común teñida con tintes mesiánicos, del mediador, representante o enviado, figura a través de la cual Dios se hacía presente en el mundo como un actor más, sin que por ello quedara comprometida su trascendencia. Y de ahí también que, en los textos del judaísmo de la época, a menudo se le atribuyeran al mediador los rasgos de la divinidad. En este sentido, uno puede preguntarse perfectamente si Jesús, según los textos del canon cristiano, es o no es Dios. La respuesta es un tanto problemática, pues lo cierto es que depende: a veces, claramente no; y a veces, claramente sí. ¿A qué se debe esta oscilación? No sabría qué decir, aunque resulta fácil imaginar que la sutil distinción entre “Jesús es Dios” y “Jesús es como Dios” se impone solo cuando hay por en medio una explícita intención  teórica, la cual no es la que llevó, precisamente, a escribir los textos del Nuevo Testamento. Ahora bien, también cabe suponer que, si lo que sucede entre Dios y el hombre, sucede como teoadramática, entonces no hay diferencia entre lo que uno es y lo que uno representa —o entre lo que uno es y lo que uno hace. No estamos diciendo que lo que puedas ser implique un determinado modo de actuar, sino que, en el plano del existir, lo que haces determina lo que positivamente eres (y solo existimos los hombres: Dios no existe; Dios es). Más allá de lo que hacemos —y puesto que siempre actuamos dentro de un guión, más allá de lo que representamos— no hay nadie (en cualquier caso, un continuo no acabar de ser lo que parecemos ser). Y así, desde esta óptica, da casi lo mismo decir que Jesús es Dios que decir que hace de Dios —o que actúa como Dios. O, mejor dicho, porque solo Dios es en verdad, siendo que la realidad de Dios trasciende los límites de la totalidad, los hombres existimos como aquellos que viven ontológicamente separados de lo que es en verdad —como aquellos que tienen la realidad (de Dios) fuera de sí. Existir es, por tanto, vivir enajenadamente —como arrojados al mundo. De ahí que, en el mundo, lo que podamos ser se determina enteramente por la acción. Por debajo del papel que representamos, no hay un ser más auténtico, sino en cualquier caso, magma, confusión, un cruce de inclinaciones, en definitiva, un no-ser. O, por decirlo a la manera del refrán, “dime qué haces y te diré quién eres”. Es solo cuando el cristianismo intenta adaptarse al marco conceptual del helenismo que la vinculación entre lo que eres y lo que haces o representas deviene problemática y, por consiguiente, tiene sentido preguntarse si Jesús es o no Dios, con independencia de su actuar como Dios

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