la banalidad del mal

junio 18, 2016 Comentarios desactivados en la banalidad del mal

Como es sabido, Hannah Arendt dejó escrito que una de las raíces del mal, quizá la más profunda, era la falta de reflexión, esto es, la incapacidad para salir de uno mismo, para distanciarse del lugar en el que uno se encuentra. Esta falta nos convertía, como creía que le ocurrió a Eichmann, en títeres de lo impersonal: de lo que se hace, se dice, se da por descontado. Sin embargo, uno puede preguntarse hasta qué punto la reflexión nos hace mejores —hasta qué punto nos libra del mal. O, por decirlo de otro modo, hasta qué punto Platón está en lo cierto cuando dijo aquello de que una vida reflexionada está por encima que una vida sometida a sus instintos. Como ocurre con tantas cosas, ello dependerá del punto de vista desde el que encaremos la cuestión. Y si creemos que de lo que se trata no es tanto de la libertad, entendida como autonomía, sino de responder al grito de las víctimas del mundo —de la libertad entendida como ser fiel contra viento y marea a la voz imperativa de Dios, aquella que no se distingue, precisamente, de dicho grito o clamor—, entonces cabe, cuando menos, poner entre paréntesis el valor de la reflexión. Pues, es posible que el distanciamento de sí nos vuelva insensibles al clamor de los huérfanos, las viudas, el extranjero. Es posible que el filósofo deje de verlos como semejantes. Y es que, desde fuera del mundo, una masacre tiene la misma importancia que el abrazo de los amantes. De ahí que los griegos se extrañaran de que un Dios pudiera sentir piedad de los hombres. Pues esto es como si el exterminador sintiera piedad de las ratas que elimina.    

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