la decadencia de Occidente

junio 17, 2016 Comentarios desactivados en la decadencia de Occidente

Quizá de lo que se trata es de ver dónde nos encontramos. Pues no es lo mismo creer que nuestro horizonte es el de la felicidad que creer que, en última instancia, somos quienes debemos responder a la demanda infinita que procede de los estómagos del hambre. O creer que la felicidad está a nuestro alcance que creer que debemos responder a dicha demanda… aunque, de hecho, sea insatisfacible (pues, por eso decimos que es infinita). Tampoco es lo mismo identificarse con el propio deseo, de tal modo que te sientes en falso cuando no puedes llevarlo a cabo, que sentirse extraño con respecto a él, como si el hecho de no poder salir del mismo fuese como estar en una prisión. No es lo mismo poner en el mismo saco nuestras preferencias, deseos y anhelos que saber diferenciarlos. Como no lo es creer que no hay más que lo que podemos ver y tocar que dar por descontado que la realidad del otro es, precisamente, aquello siempre pendiente en nuestra experiencia del mundo —que lo real es, de hecho, lo que eternamente no acaba de darse. Y no es lo mismo, no porque las creencias sean distintas, cosa que es obvia, sino porque el yo que hay detrás de cada creencia se halla cualitativamente diferenciado de aquel al que se contrapone: como si fueran diferencias entre especies. Estrictamente, no estamos ante creencias que puedan ser contrastadas por los hechos, sino ante posiciones que determinan la apariencia del mundo y, por consiguiente, qué pueda considerarse como hecho. Estas posiciones constituyen, pues, una condición, algo así como un axioma existencial. Hay tantos tipos de sujeto —y, en consecuencia, tantos mundos— como posiciones, y éstas, desde el punto de vista de Atenas, son principalmente dos: por un lado, la de quienes encuentran su centro fuera de sí mismos, siendo que ese centro no es nada en particular, sino un deber-ser, algo siempre pendiente; y, por otro, la de quienes creen lo contrario. Estamos cerca de las últimas palabras de la Apología de Sócrates cuando Platón, a modo de traca final, dejó escrito que una vida reflexionada (esto es, una vida que se extraña de sí misma) posee más valor que una vida sin reflexionar (una vida para que no hay nada que sea verdaderamente otro). Esta es, una de las raíces Occidente. La otra, en cambio, sostiene que ante Dios, mejor dicho, ante su silencio, no hay diferencias que valgan entre los hombres. Que ante la demanda infinita de la víctima en la que Dios se reconoce, el último puede ser perfectamente el primero. Que nadie puede anticipar desde sí mismo de qué será capaz cuando se enfrente al clamor imperativo del hermano. Que la distinción entre ser dueño de uno mismo o un esclavo es una distinición que solo vale a ojos del hombre. Occidente es —o, mejor dicho, fue— un continuo ir y venir entre ambas raíces, entre Atenas y Jerusalén. Hoy, convertido Occidente en un inmenso walmart, las raíces se han secado, y, así la aspiración al éxito —a la plató de televisión— ha sustituido al desiderátum de una vida elevada; mientras que el igualitarismo cristiano, una vez Dios ha desaparecido del mapa, pervive, aunque deformadamente, en la igualdad por defecto del espectáculo democrático, donde la opinión de Paquirrín encuentra más eco que la de aquel que sabe de lo que habla (aunque, por eso mismo, quizá prefiera callar).

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