bultmanniana (1)

junio 13, 2016 Comentarios desactivados en bultmanniana (1)

Rudolf Bultmann sostuvo en su momento que “la fórmula Cristo es Dios es falsa en todos los sentidos en los que Dios es comprendido como una entidad que se puede objetivar, ya sea entendiéndola en sentido arriano o niceno, ortodoxo o liberal.” La fórmula, en cambio, sería correcta si se entiende ‘Dios’ como el acontecimiento de la actuación de Dios. Por eso Bultmann creía que deberíamos referirnos a Cristo, no como “Dios”, sino como “la Palabra de Dios”. La idea de fondo es la de evitar una recaída en el docetismo, según el cual la naturaleza humana de Jesús había sido simplemente un simulacro de humanidad. Pues lo cierto es que donde se acentúa la divinidad de Jesús de Nazareth, fácilmente los rasgos típicamente humanos —el miedo, la duda, la desconfianza…— terminan por disolverse como azúcar en el café. Y si esto ocurre, entonces Jesús acaba siendo un títere de Dios —y Dios una variante del deus ex machina de Eurípides. Sin embargo, el problema de la solución de Bultmann reside en el hecho de subrayar el aspecto funcional de la confesión creyente en detrimento del aspecto ontológico. Así, la cuestión de si Jesús fue realmente Dios o no —y no solo Dios según nuestro punto de vista o para nosotros— permanece en el aire. Y si permanece en el aire, entonces no está claro si hubo redención —pues, según la óptica bíblica, solo Dios puede efectuarla— o, si simplemente, así nos lo parece. Por decirlo con otras palabras, donde no nos aclaramos con respecto a si Jesús fue o no Dios —y no simplemente un mensajero de Dios— y en qué sentido, entonces hacemos de la redención un modo de ver, una interpretación, una lectura de hechos que, por sí mismos, son soteriológicamente neutros. Ahora bien, el problema de fondo reside en las declaraciones de la dogmática cristológica y, en concreto aquello de “Dios verdadero y hombre verdadero”. La dificultad nace del carácter negativo de la mayoría de las fórmulaciones dogmáticas. Y es que de lo que se trataba en los primeros concilios era de frenar los errores de lectura de los textos evangélicos (las denominadas herejías). Así, cuando se afirma que Jesús es Dios (“Dios verdadero de Dios verdadero”, según la fórmula de Nicea), lo que se pretende es negar que Jesús fuese solo un profeta, un enviado de Dios entre otros. Pues, como decíamos antes, si Dios no estaba enteramente implicado en Jesús, entonces no hubo propiamente redención, sino en cualquier caso moraleja o ejemplaridad. Ahora bien, si solo fuese Dios, entonces la redención no asumiría la carne —la humanidad del hombre—, esto es, no habría salvación para el hombre, sino en cualquier caso “liberación del alma”, lo cual es como si, desde una sensibilidad bíblica, dijéramos que solo se hubieran salvado nuestros riñones o nuestro corazón. De ahí que Calcedonia finalmente añadiera que Jesús fue “una persona y dos naturalezas”. Pero ningún concilio se atrevió a desarrollar positivamente sus declaraciones cristológicas —ningún concilio quiso enfrentarse a la cuestión acerca del significado positivo de las fórmulas: en concreto ¿de qué estamos hablando cuando decirmos, por ejemplo, “Dios verdadero y hombre verdadero”? Y aquí no vale simplemente con decir: “no solo Dios, pero tampoco solo hombre”. Pues esto sería algo así como esconder la cabeza bajo el ala. De ahí que las cristologías positivas estén de algún modo condenadas a ir de un lado a otro. Así, si parten de la divinidad de Jesús, entonces su humanidad será, a pesar de las soluciones ad hoc, inevitablemente problemática. Y viceversa: si se parte de la humanidad, entonces díficilmente sabrá qué hacerse, sobre todo hoy en día, con la palabra “Dios”. Quizá el problema resida en partir de uno de los dos polos de la disyuntiva. Quizá la dogmática cristológica nos fuerce a admitir que en el acontecimiento de la reconciliación entre Dios y el hombre, acontecimiento que es posible por la gracias de Dios, el hombre no sobrevive como hombre…, pero tampoco Dios como el Dios de la religión. En este sentido, podríamos decir que lo que queda de Dios donde no queda ya nada de Dios es del hombre. Pero que lo que queda del hombre en donde ya no queda nada del hombre es de Dios. Que, al fin y al cabo, la superación de la relación religiosa entre el hombre y Dios, nos obligue necesariamente, a la hora de dar razón, a ir de un lado a otro. Como si Dios fuese un resto del hombre y el hombre un resto de Dios. Es posible que los evangelios quieran decirnos algo de esto. Pero lo dicen por medio de un lenguaje que sigue siendo, fundamentalmente religioso y, por tanto, un lenguaje en donde Dios sigue por encima de la cruz.  Y de ahí nuestra confusión.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo bultmanniana (1) en la modificación.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: