infancia

junio 11, 2016 Comentarios desactivados en infancia

Uno sigue siendo un niño mientras conserva su ilusión, su esperanza —mientras cree que en el mundo aún quedan territorios por explorar o, siendo más judío, mientras piensa que todavía no ha cumplido con la tarea que, en gran medida, define su particular modo de ser. En definitiva, uno es un niño cuando la vida sigue teniendo algo pendiente, algo por consumar. No obstante, cabe aquí una variante hard: la del niño que aguarda la irrupción de lo nuevo, lo extraordinario, lo enteramente otro. Y se trata de una variante hard porque uno siempre podrá preguntarse, si esta irrupción no acabaría propiamente con el mundo —si tal irrupción no sería el avance de otro mundo. Ahora bien, lo cierto es que la esperanza asociada al fin del mundo es difícilmente disociable de la fantasía más alucinógena. La ambigüedad es el lado oscuro de lo verdadero. En cambio, uno alcanza la madurez cuando entiende que cualquier novedad no puede ser otra cosa que un simulacro de lo nuevo, en el fondo, el eterno retorno de lo mismo. Mej0r dicho, donde lo que en su momento apareció como nuevo no es más que ilusión, espejismo, una farsa. El maduro es aquel que experimenta la vida como decepción, como falsa promesa. Así, al fin y al cabo, o creemos en la promesa o creemos en lo contrario: que no hay promesa que valga. ¿Deberíamos concluir que un creyente, en el sentido bíblico del término, sigue siendo un niño? Sí, aunque con un matiz. A diferencia de quien fantasea con lo extraordinario desde la prosa de su existencia, la creencia bíblica en las promesas de Dios se da sobre el fondo de un sufrimiento terrible, sufrimiento que debería conducir a la desesperación más que la esperanza. No es lo mismo esperar la irrupción del hombre que te querra como si no hubiera ninguna otra mujer (la otra, en el imaginario femenino, siempre está ahí, como una sombra imborrable) que, en tanto que uno se encuentra en manos de Dios, esperar lo imposible: que al final habrá justicia, que al final las víctimas resucitarán para que puedan seguir con la vida que les fue arrebatada antes de tiempo. Así podemos ver como Bridget Jones hace el ridículo. Pero no nos atreveríamos a decir lo mismo de aquel padre que con el cadáver de su hija en brazos sigue pidiéndole a Dios por Dios.    

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