más sobre el pluralismo religioso

junio 10, 2016 Comentarios desactivados en más sobre el pluralismo religioso

Quizá la cuestión que podemos plantearnos a propósito del pluralismo religioso no sea si es verdad que las diferentes religiones son diferentes modos, igualmente legítimos, de acceder a la trascendencia, sino quién puede dar por cierto, precisamente, esto último. Esto es, a qué tipo de sujeto le puede parecer verdad. Como sabe cualquier antropólogo, hay dos puntos de vista desde los que intentar comprender una determinada cultura: el emic y el etic. El primero sería el propio del nativo, mientras que el segundo sería el del observador exterior, el del antropólogo. Ambas no suelen coincidir. El espectador es capaz de ver aspectos de la obra que los protagonistas no alcanzar a ver. Y viceversa: el punto de vista de los protagonistas no puede ser apropiado o interiorizado por el espectador, al menos porque este último no se encuentra involucrado en la escena del mismo modo que los protagonistas, aunque por simpatía pueda parecerlo. De hecho, cuando algún protagonista incorpora dentro de la escena el punto de vista del espectador, la acción se interrumpe (pues, como se observa claramente en el caso de Hamlet, el protagonista se vuelve incapaz de actuar). Así, y en lo que respecta a las diferentes religiones, un observador imparcial simplemente verá hombres y mujeres que dicen creer en Dios —o en los dioses o en el más allá…—. No verá al Dios que ellos ven o experimentan. De ahí que, desde su óptica, Dios sea, antes que nada, un concepto abstraído de los diferentes contextos, una especie de denominador común. De ahí también que al espectador le parezca evidente que estamos ante diferentes modos de creer en Dios y que, por tanto, no cabe preguntarse cuál de ellos es el verdadero. La tesis del pluralismo religioso exige un espectador indiferente a la cuestión de Dios o, por decirlo de otro modo, un sujeto que no se encuentre sujeto, precisamente, al Dios —o, si se prefiere, a lo numinoso— que aparece en la escena. Por consiguiente, la óptica etic implica necesariamente una relativización de la propia creencia religiosa, de haberla. O quizá deberíamos decir que porque uno ya ha puesto en cuestión, por las razones o motivos que sean, la propia creencia, llega a ser capaz de situarse en la óptica etic. En cualquier caso, que en Occidente se imponga el punto de vista etic como dominante ya nos da a entender en quienes nos hemos convertido: en sujetos incapaces de estar sujetos al enteramente otro —en sujetos que necesariamente se encuentran, como espectadores de sí mismos, fuera de la escena. Ciertamente, podemos aún tener nuestra propia creencia. Pero el hecho de que la óptica etic sea la dominante —el que, de algún modo, tengamos incorporada también la visión del espectador— hace que nuestra creencia quede debilitada. Esto es, en vez de creer, llegamos a creer que creemos. Emic y etic no pueden integrarse sin que sufra una de las dos. Por eso, quienes sostienen todavía un punto de vista emic acerca de lo trascendente —quienes ven aún pertinente plantearse la cuestión sobre qué Dios es en verdad Dios—, fácilmente se muestran al espectador como intolerantes. Pero quien se encuentra sujeto a una determinada aparición de Dios, no puede evitar preguntarse si acaso las otras apariciones no serán las de un Dios en apariencia. Pues, lo cierto es que las grandes religiones nacen como una reacción a religiones anteriores, las cuales son vistas como decandentes o, simplemente, como un error. Y es que, desde dentro, no es lo mismo decir que todo es de Dios que sostener que todo es Dios —o que “este hombre, crucificado como maldito de Dios, es Dios mismo entre los hombres” que ver en el exceso de una supercélula la manifestación del poder de Dios.

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