va de milagros

junio 7, 2016 Comentarios desactivados en va de milagros

La crítica racionalista a los milagros sostiene, grosso modo, que “los hombres llaman divina u obra de Dios a aquella obra cuya causa se ignora” (Spinoza). En este sentido, y contra la creencia más espontánea, Dios no se encontraría, si se encontrara en alguna parte, en lo insólito —en el fenómeno extraordinario. Hasta aquí nada que pueda soprendernos. Lo sorprendente es que lo que acabamos de decir lo firmen también ciertas teologías progresistas, las cuales parten de la idea, no sin buenas razones, de que hoy en día no es posible creer del mismo modo en que creyeron los primeros cristianos. Así, fácilmente llegamos a decir lo que dijo en sus momento Louis Evely, a saber, que nuestros padres creyeron a causa de los milagros, mientras que nosotros solo podemos creer a pesar de ellos. Ahora bien, la crítica moderna a los milagros —tanto racionalista como teológica— quizá no sea del todo consciente de sus implicaciones con respecto a la idea de Dios, pues fácilmente cae en la trampa de tirar al niño con el agua sucia. Dicha crítica da por supuesto que contribuye a una purificación de la experiencia de Dios, la cual lograría así desembarazarse del deus ex machina propio de la concepción mítica de Dios. Y, sin duda, algo de verdad hay aquí. Pero, porque no hay ganga sin plata, algo válido se pierde también por el camino de esta purificación. La mentalidad bíblica cuando ve en lo insólito de los milagros una señal —dejando al margen que, para dicha mentalidad, la señal posee, por defecto, un carácter ambiguo—, no solo se encuentra del lado del mito, sino también de una experiencia de Dios quizá más genuina que la nuestra, tan proclive a hacer de Dios la excusa de un compromiso moral. Y es que, desde una óptica bíblica, el creyente que confía en Dios, no confía tanto en la intervención ex machina de Dios, la cual pone en suspenso las leyes del mundo sin transformar el mundo, sino en la posibilidad de otro mundo, un mundo gobernado por Dios y donde, por consiguiente, hubiese al fin justicia. La expresión máxima de esta fe la encontramos en la esperanza de una resurrección de los muertos, esperanza a todas luces inverosímil. Y es que si Dios es Dios, tiene que haber justicia donde no puede haberla, y, por consiguiente, si Dios es Dios, los muertos deben resucitar para que puedan ser juzgados en los días finales. Si hay Dios, nadie escapa a la justicia de Dios, ni siquiera los muertos. En definitiva, el creyente cree en la increíble iniciativa final de Dios, la cual resulta increíble precisamente porque el mal se impone a nuestra sensibilidad como la última palabra del mundo. La fe en el milagro final sería, pues, indisociable de la fe más originaria, la cual se expresa en los términos de una confianza incondicional en el poder de Dios frente a las potencias del mundo. La fe a causa de los milagros sería, en este sentido, el eco, distorsionado si se quiere, de una fe más fundamental y no el síntoma de la mala fe. Por tanto, la pregunta no es si podemos aún creer en milagros, sino si acaso el hecho de que no sepamos qué hacer con ellos, cosa por otro lado comprensible, no irá de la mano de una profunda, por arraigada, falta de fe.

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