contra el pluralismo interconfesional

junio 6, 2016 Comentarios desactivados en contra el pluralismo interconfesional

Es común, entre quienes defienden el pluralismo interconfesional, decir que las religiones son diferentes ópticas de un mismo paisaje. Ahora bien, que las religiones no son modos distintos de ver un mismo Dios se observa en el hecho de que la mayoría de ellas surgen frente a las pretensiones de religiones rivales. Así, tendríamos que el monoteísmo se articula frente al paganismo, el budismo frente al hinduismo, el cristianismo frente al judaísmo, etc. Podríamos decir, sin duda, que la reacción que constituye una religión se da frente a la degradación de la otra religión —que no atenta contra la forma más pura de la religión antagónica. Pero ello obvia el hecho de que la degradación —que existe— es la expresión en el tiempo de su lado oscuro, lado que es indisociable de la luz que aporta. Así, cada religión,  en el momento de su nacimiento, más que una regeneración, lo que pretende es ser una superación de la religión contra la que se afirma. Por otro lado, solo reduciendo el significado de la palabra “Dios” —esto es, sometiéndola al lecho de Procusto de la abstracción— podemos decir que las diferentes religiones apuntan a lo mismo. Así, por ejemplo, no estamos hablando de lo mismo cuando hablamos de un Dios que se da como persona que una divinidad impersonal u oceánica. Pues el carácter personal de Dios —que no debería confundirse con la personificación de Dios— no es, para quienes lo defienden, una simple metáfora, sino, sobre todo, una impugnación de la divinidad como poder impersonal. Del mismo modo que no es lo mismo un Dios que se identifica con el abandonado de Dios, hasta el punto que la expresión “Dios en sí mismo” deviene problemática, que un Dios que se manifiesta como poder del cielo. Como tampoco es lo mismo decir que no cabe un vínculo con Dios que no sea un vínculo con el que fue crucificado en nombre de Dios que dar por sentado que podemos relacionarnos directamente con Dios o lo que sea. Ciertamente, todo es aquí exceso —tanto la identificación de Dios con el crucificado como el poder sobrentural de Dios. Pero, de ello no se deduce que se trate del mismo exceso desde diferentes puntos de vista. Es posible que uno fuera un exceso verdadero y el otro solo en apariencia. El simple hecho de que, al menos en el contexto del monoteísmo bíblico, se dé la distinción entre Dios en verdad y dioses falsos, ya bastaría para rechazar de plano la tesis del pluralismo interconfesional. Pues el monoteísmo bíblico —y, por consigiiente, la experiencia de Dios que hay detrás— es inseparable de la crítica de la experiencia religiosa que se comprenda solo del lado de la necesidad de amparo del hombre frente a los poderes que le superan. En este sentido, no deja de ser curioso que la pretensión de una gramática universal del fenómeno religioso —la pretensión de una traducibilidad de la experiencia religiosa— siempre fuera una pretensión del paganismo greco-romano.

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