risen (4)

junio 4, 2016 Comentarios desactivados en risen (4)

Uno siempre puede preguntarse qué tipo de vida es la vida del resucitado, si es que esto de la resurrección no es simplemente una historia de zombis buenos. Más aún: uno por poco que piense se preguntara dónde sigue viviendo Jesús, pues la respuesta tradicional —en el cielo— no posee el sentido  literal que poseía antiguamente.  Ahora bien, en cualquier caso, lo  que signifique la vida del resucitado solo puede comprenderse en relación con la noción de Dios que se tenga en cuenta. Por eso, si Dios es el que adviene, si Dios se da en adviento  (E. Jüngel); si el presente de Dios es el de un por-venir , o por emplear otras palabras, si solo como porvenir determina nuestro presente, porvenir que, sin embargo, ya ha sido anticipado en Jesús resucitado, entonces la resurrección no puede formularse en los tiempos del presente indicativo como si obedeciera a la intervención de un deus ex machina. Podríamos decir, citando a W. Pannenberg, que “el resucitado está oculto en el futuro de Dios”. O, por decirlo con otras palabras, la visión del resucitado es la visión del porvenir del hombre como el porvenir mismo de Dios (y viceversa). Esto significa que el lenguaje original de la resurrección pertenece al campo conceptual de la apocalíptica o, mejor dicho, de la profecía escatológica. Sin embargo, no se trata propiamente de una visión del futuro —pues, en ese caso la confesión hubiera sido: “he visto (¿en sueños?) que Jesús resucitará”. Además para este viaje no hacían falta estas alforjas, en la medida en que el judaísmo apocalíptico ya daba por sentado que los muertos resucitarían en los días finales. Se trata, más bien, de algo así como un futuro inserto en el presente (una variante de “regreso al futuro”). Lo que se dará ya se ha dado. Se trata de un, hasta cierto punto paradójico, “ya sí, pero todavía no”, fórmula acuñada, como es sabido, por O. Cullmann para expresar la temporalidad de la experiencia cristiana de la salvación. Por eso, la resurrección inaugura una nueva temporalidad. Es decir, la Historia, en tanto que determinada por el acontecimiento de la resurrección, es un tiempo de parto, un tiempo sujeto a la exigencia, por decirlo así, de consumar lo que ya se ha dado. Esto en lo que respecta al significado de la resurrección. La cuestión, sin embargo, es si aún podemos hablar aquí de verdad. O, mejor dicho, la cuestión es si aún podemos creer en ello, con independencia de si es o no verdad. Pues, en la medida en que Dios está modernamente en el aire —sobre todo como aquel que interviene en la Historia, al menos para ponerle un punto y final—, todo lo anterior permanece igualmente en suspenso. Aunque quizá, en el fondo, la pregunta es la misma que la que se plantearon quienes escribieron los textos bíblicos: no tanto si es es verdad que hay un Dios como el que se presenta en dichos textos, sino quién puede creer en la verdad de Dios —quien es capaz de un Dios que se revela, en último término, como promesa de Dios. Pues, probablemente nuestra dificultad con la resurrección sea un eco de nuestra dificultad para con el Dios bíblico. Y es que difícilmente se encuentra a la espera de Dios quien todavía confía en sí mismo —aquel a quien el mundo aún le ofrece una oportunidad. Dios, como se dice bíblicamente, es un asunto de pobres. Al fin y al cabo, el kerigma cristiano no afirma mucho más que lo siguiente: que el futuro de Dios no es de Dios sino del hombre (y viceversa: el futuro del hombre no es del hombre sino de Dios). O, por decirlo de otro modo, que “Dios será todo en todos” (1 Co 15, 28) cuando los hombres, imitando la fidelidad de Jesús, sean capaces de soportar hasta el final el peso de un Dios en falta (y, por consiguiente, de perdonar al verdugo como si fuera un hermano). Algo que, sin duda, no es fácil de tragar para quienes estamos lo suficientemente satisfechos de nuestra pertenencia al mundo.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo risen (4) en la modificación.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: