risen (1)

junio 2, 2016 Comentarios desactivados en risen (1)

Como es sabido en el Nuevo Testamento coexisten dos lenguajes para expresar el destino de Jesús tras su degradante muerte, el de la exaltación y el de la resurrección. Con independencia de las polémicas exegéticas con respecto a su posible relación, polémicas que a menudo adquieren la forma de la antigua cuestión sobre qué fue lo primero, si el huevo o la gallina, lo cierto es que ambos no se sitúan en el mismo registro. El primer lenguaje sería propiamente un interpretandum o, como suele decirse también, un constructo teológico, aun cuando posea, ciertamente, una raíz espiritual. Así, el reconocimiento de Jesús como exaltado de Dios se efectúa sobre la base de una lectura tanto de textos del Antiguo Testamento —el salmo 110, los fragmentos de Isaías dedicados al Siervo Sufriente, la profecía de Daniel…— como de los extracanónicos pertenecientes, sobre todo, a la apocalíptica judía, en donde se destaca la figura mesiánica del mediador humano que es exaltado a la derecha del Padre para ejercer, de forma vicaria, el poder de Dios en el día del Juicio. Aquí la operación cristiana consiste en aplicar la figura del mediador —se trate del Logos de Dios o del enviado mesiánico— a un hombre que murió como un abandonado de Dios, algo que, de por sí, es díficil de admitir para una sensibilidad típicamente religiosa. El segundo, en cambio, pivota alrededor de dos hechos: por un lado, la tumba vacía; por otro, las apariciones. Este segundo lenguaje sería el que arraigaría fácilmente en las clases campesinas, poco sensibles a especulaciones teológicas, aunque no sin una cierta resistencia dentro de un amplio sector de los primeros seguidores de Jesús. Así, dentro de los evangelios mismos encontramos signos de esta resistencia inicial en el momento en que los primeros testigos de la resurrección fueron, precisamente, las mujeres, las cuales, en la sociedad judía de por aquel entonces, no merecían crédito alguno, esto es, no podían legalmente desempeñar el papel de testigos. Que fueran finalmente los apóstoles, con Pedro a la cabeza, los que refrendaran la visión de las mujeres es, al menos de entrada, un modo de expresar narrativamente, que no estamos ante una superstición. Pero esto sería lo mismo que decir, ab contrario, que el relato de la resurrección tiene, inicialmente, el sesgo de las “habladurías propias de mujeres”. Pues bien, ¿podríamos decir que el lenguaje de la exaltación fue un modo de dotar de legitimidad epistemológica al relato de la resurrección? Es posible. Ahora bien si esto es así ¿no estaríamos ante una corrección intra muros del lenguaje de la resurrección? ¿No deberíamos admitir, en ese caso, que la distinción tradicional entre la fe del carbonero y la fe intelectualmente solvente ya se halla presente en los orígenes mismo del cristianismo? ¿Que la sanción oficial de los dos lenguajes no pretende otra cosa que resolver, a nivel eclesial, una tensión que difícilmente puede ser obviada por poco que uno se haga según qué preguntas?  

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