el inmigrante como fantasma

mayo 30, 2016 Comentarios desactivados en el inmigrante como fantasma

Donde hay un yo seguro de sí mismo —un yo afianzado en su mundo— no hay otro que valga. La posibilidad del yo —la posibilidad de un mundo que nos resulte familiar— exige la supresión de la alteridad y, en definitiva, de “otro mundo”. Pues la alteridad —el “otro mundo”— es lo que amenaza el arraigo del yo en el hogar. El otro, de entrada, provoca nuestro escalofrío, nuestro temor, quizá también nuestra fascinación. Si dejamos de temer es porque hemos sido capaces de incorporar al otro a nuestro mundo —de reducir su alteridad. Ciertamente, el yo puede creer en la existencia de “otro mundo”. Pero no hay que ser psicoanalista para, cuanto menos intuir, que la creencia aquí es un modo de neutralizar nuestra exposición al más allá. Pues no es lo mismo creer en fantasmas —como quien especula con la existencia del Yeti— que verlos. Y es que el fantasma acaso sea la figura paradigmática de la alteridad. Por eso, la aparición —y no el simple estar-ahí del objeto en el estante— sería la manifestación propia de lo verdadero, de lo que en verdad tiene lugar. Tan solo hace falta imaginar que, en medio de la oscuridad, a uno se le aparece, pongamos por caso, el espectro de un muerto, para saber de qué estamos hablando. En cualquier caso, el mundo como hogar —como el entorno que garantiza nuestra confianza en el futuro— solo es posible donde se excluye la alteridad propia de lo divino —del fantasma—, donde no se tiene en cuenta la posibilidad de la irrupción, por defecto disruptiva o catastrófica, de “otro mundo”, del “más allá”. Por consiguiente, el hogar, la ciudad no pueden admitir a Dios, sino tan solo al ídolo, ese Dios en apariencia. Por eso mismo, en tanto que excluida del mundo —en tanto que esa exclusión es lo que hace posible el mundo como hogar—, el “otro mundo” no es algo en lo que quepa creer o no creer. De hecho, la posibilidad de lo Otro siempre está-ahí, seamos conscientes o no, como la posibilidad de su regreso. Porque fue cercenado para que hubiese un mundo que habitar, el Otro es siempre un por-venir. De ahí que sea tan original, por no decir extraña, la aportación bíblica a la cuestión de la alteridad, mejor dicho, del (tener) lugar de la alteridad. Pues para los textos veterotestamentarios, la figura de la alteridad no es el fantasma, sino el pobre —la viuda, el huérfano, el inmigrante—. El fantasma —el dios— no es nada otro en verdad, sino solo aparentemente. Y es que solo hace falta una buena explicación para que dejemos de asustarnos o maravillarnos. Nadie se arrodilla, hoy en día, ante la erupción de un volcán, por muy fascinante que sea. Únicamente, el rostro de la pobreza es monstruoso, sobrehumano (por inhumano). Así, el genuino más allá no es el que desciende de las alturas, sino el que emerge del “inframundo”, de las alcantarillas de nuestras ciudades. El Dios que desciende es, en realidad, el que asciende del submundo, de los arrabales, el que nace en los establos. Será verdad que no hay “otro mundo” que el tercer (o cuarto) mundo.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo el inmigrante como fantasma en la modificación.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: