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mayo 29, 2016 Comentarios desactivados en persona

El teísmo, hoy en día, se encuentra en horas bajas. No parece que podamos dar por supuesto que nuestra existencia se halla tutelada por una especie de abuelo espectral. Por poco que uno se atreva a sospechar de su creencia, fácilmente se dará cuenta que, incluso en el caso de existir, un abuelo espectral no posee la ultimidad, por decirlo así, que reclamamos de lo divino. Por eso, muchos creyentes se decantan, hoy en día, por un Dios impersonal. Un Dios-fuerza —un Dios-océano— les parece más creíble, más acorde con la mentalidad científica, que el Dios, demasiado antropomórfico, del teísmo. Sin embargo, de ser así ¿por qué hablar de Dios y no tan solo de la sustancia del mundo o de una cosa última? ¿Acaso la identificación entre Dios y esa cosa última no implica equiparar la fe al conocimiento? No es casual que el judaísmo, para evitar la caída en la gnosis, insista en que de Dios, como tal, solo tenemos un nombre, por lo demás, impronunciable. Que toda presencia  de Dios no es, estrictamente, de Dios en sí mismo, sino de aquello que ocupa —se trate de la Ley o del Hijo— el lugar vacío que supone un nombre sin concepto. Que es esa misma vacante la que nos convoca a una definitiva responsabilidad —la que nos obliga a escuchar el clamor de las víctimas como la voz misma de Dios. Que, por eso mismo, Dios, como tal, es el eterno por-venir de Dios —o, como suele decirse, su promesa. El monoteísmo, al fin y al cabo, sostiene que siempre que podamos sustituir el nombre “Dios” por su significado aún no nos encontramis cabe Dios, sino ante una cosa que llamamos Dios… porque así nos lo parece.

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