Leningradsky

mayo 25, 2016 Comentarios desactivados en Leningradsky

La gnósis —el hecho de creer que un saber acerca de las últimas cosas es lo único que nos permite elevarnos por encima del mundo, liberarnos, en definitiva, de sus cadenas— es, como sabemos, la gran tentación del cristianismo (aunque no solo del cristianismo). De hecho, muchos cristianos, a pesar de la condena eclesiástica, se encuentran más cómodos creyendo que somos algo así como chispas divinas encerradas en cuerpos mortales que solo necesitan un poco de luz para desprenderse de la esclavitud del deseo elemental, que creyendo que tan solo la iniciativa de Dios —su gracia, su humillación— puede redimirnos de nuestro esencial alejamiento de Dios. Y es que el gnosticismo es la creencia espontánea de quienes, poseyendo un temperamento religioso, aún confían en sí mismos, en su futuro, su posibilidad. Sin embargo, fácilmente admitiremos que la gnosis no puede darse ni siquiera como una variante espiritual del cristianismo, sino, en cualquier caso, como su falsificación, una vez caigamos en la cuenta de que lo primero —lo incondicional, lo que no se discute—, bíblicamente hablando, no es la intelección del sentido de tot plegat, sino el dar de comer al hambriento, de vestir al que cae extenuado en nuestras playas, de acoger al que huye de la guerra. Así, un creyente, desde el punto de vista bíblico, es aquel que se encuentra por entero sujeto a la voz imperativa del excluido como la voz misma de Dios. No cabe, pues, la fuga mundi para quien no puede físicamente soportar que haya, pongamos por caso, 30.000 niños viviendo como perros en las alcantarillas del metro de Moscú (Leningradsky).

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