sobre el juicio de Dios

mayo 22, 2016 Comentarios desactivados en sobre el juicio de Dios

Nietzsche acusó al cristianismo de haber envenenado la vida con su miedo al Juicio. Para él y tantos otros, entre los cuales deberíamos incluir a los “cristianos budistas”, una vida que merezca la pena ser vivida es una vida sin la parte fiscal. Así, fácilmente llegas a creer que porque nadie te acusa, puedes irte en paz. Y ello, sin duda, es de agradecer. Sin embargo, lo de menos es si piensas que hay juicio o no —esto es, lo de menos es tu creencia al respecto—, pues que te encuentres sub iudice no depende de lo que creas, sino de si, efectivamente, hay o no quien te acusa. Y lo que sostiene la tradición bíblica es que, mientras hayan huérfanos, viudas, inmigrantes… somos los llamados a responder a su clamor, los emplazados a la responsabilidad… aunque, encorvados sobre nosotros mismos, hagamos oídos sordos. El pobre, el excluido, el que apesta, nos sitúan, pues, en los tiempos en los que se decide el Sí o el No de nuestra existencia. La demanda del pobre —y no la expectativa de nuestro deseo— nos arranca, por tanto, del nihilismo, del tiempo crónico en donde todo pasa y nada ocurre en verdad. Ante su mirada no es posible creer que no hay Juicio, ni tampoco cabe la sospecha que nos aleja de la situación en la que nos encontramos. Aquí sospechar que quizá no estemos en lo cierto supone no responder. Y no responder es ya responder —o, por decirlo en cristiano, optar por la muerte o el infierno, que no es otra cosa que un mundo sin prójimo, sin alteridad. Ahora bien, que nos hallemos verdaderamente sub iudice no significa que seamos capaces de responder a la acusación. Más bien, mientras aún confiemos sanamente en nuestras posibilidades dentro del mundo, seremos quienes con facilidad pasaremos de largo. Pues nadie en su sano juicio puede soportar la irrupción de Dios en su vida, mejor dicho, la interrupción que supone la aparición del pobre con el que Dios se identifica. De ahí que, al fin y al cabo, en tanto que bendecidos por Dios, seamos los que, al fin y al cabo, tengamos que implorar misericordia. Y quizá, por eso mismo, el cristianismo se resista a ser reducido a una ética radical, aunque no porque no estemos en verdad sujetos a una demanda infinita, sino porque, precisamente, somos quienes no podemos hacer lo que, en último término, se nos exige justamente hacer.

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