contra Dios

mayo 21, 2016 Comentarios desactivados en contra Dios

Dijo George Büchner que la existencia del mal era la roca del ateísmo. Porque hay mal, no puede haber Dios o, al menos, el Dios bueno —el Dios amor— de la tradición cristiana. El argumento, como sabemos, es recurrente dentro de los tiempos modernos. Y, ciertamente, no parece que haya un Dios por ahí, si tenemos a la vista las fosas comunes de la Historia. Sin embargo, y a pesar de las apariencias, no estamos, estrictamente hablando, ante un argumento. Es decir, el mal no es una razón que nos obligue a negar la realidad de Dios, sino, en cualquier caso, a Dios como espectro tutelar de nuestra existencia. Lo que en el argumento aparece como conclusión—la inexistencia de Dios— es, de hecho, un presupuesto. Precisamente, porque damos por sentado que no hay Dios, podemos decir que el mal es la tierra donde arraiga el ateísmo. Pues, en los tiempos bíblicos, tiempos ciertamente sensibles a la pétrea dureza del mal, los creyentes podían preguntarse dónde estaba Dios, pero en ningún caso ponían en duda que hubiera Dios. El mal, donde se da por descontado que hay Dios, no impugna la realidad de Dios, sino, en cualquier caso, las falsas imágenes de Dios. Así lo vemos de modo paradigmático en el libro de Job. Como sabemos, tras sufrimientos indecibles, el bueno de Job se encuentra cara a cara con Dios. Y lo que en ese encuentro se le revela es que bien y mal —la bendición y la maldición, la vida y la muerte— son debidos a una y la misma trascendencia. Y no porque Dios quiera a ambos por igual —no porque Dios sea un Dios caprichoso o arbitrario—, sino porque para la sensibilidad monoteísta, la trascendencia extrema de Dios, no permite concebir a Dios a la manera de un fantasma bonachón. Desde esta óptica, la voluntad de Dios —la Ley mosaica— es lo que se desprende de una trascendencia que roza la irrealidad: de hecho, es como huérfanos de Dios que nos convertimos en rehenes del hermano. En verdad Dios es real, en tanto, que da un paso atrás con respecto al mundo —en tanto que oculto. Dios se hace presente como el hueco que deja un Dios en falta. Y es desde el abismo de Dios, por decirlo en místico, que la vida, así como la muerte y el sufrimiento, se nos ofrecen como don —como algo dado por Dios. La vida se nos da como milagro desde la nada de Dios. Pero desde esa misma nada se nos da también el horror. Vida y horror serían, pues, las dos caras de una misma moneda, el lado luminoso y oscuro de un Dios que está esencialmente por ver. Así, podríamos invertir el argumento moderno y decir que hay mal porque hay Dios, aunque la realidad de Dios no podamos concebirla en los términos de un Dios que existe al modo de los entes. Los tiempos modernos, y con respecto a esto de Dios, más que una ilustración, constituyen un malentendido.

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