creer

mayo 20, 2016 Comentarios desactivados en creer

El creyente es aquel que suspira por Dios, aquel que, según la acertada expresión de JB Metz, encuentra a faltar a Dios. Uno puede, ciertamente, creer que se trata de una aspiración en falso —o, como suele decirse, de una ilusión. Pero ocurre aquí lo que ocurre con aquella mujer que, ya con cierta edad, está sin hombre: que no puede evitar anhelar encontrarse con uno. Se trataría de una ilusión, si no hubiera hombres por ahí. Sin embargo, precisamente porque haberlos, haylos, más que de una ilusión se trata de una esperanza, aunque, en este caso, se trate de una espera que te quema por dentro, de un neguit y, a veces, incluso de una neurosis… El problema del creyente actual es que ya no puede dar por descontado que haya Dios, ni siquiera suponiendo, ante la falta de evidencias, un Dios en eclipse. De ahí que su inquietud por Dios sea fácilmente tachada de imaginaria o engañosa. Sería como pretender hallar el unicornio blanco o la piedra filosofal. En este sentido de Dios, solo dispondríamos de un concepto vacío. Y por eso podemos preguntarnos si aún es posible una fe que no sea mala fe, esto es, que no sea una fe deshonesta, un simulacro de fe, una fe adulterada. Sin embargo, los textos bíblicos ya conocen esta situación, aunque no la entendieran en los términos de un mundo desencantado, sino en los de un mundo sometido a los falsos dioses. El Dios del monoteísmo —que no el de la monolatría de los tiempos de Moisés— es un Dios en verdad, pero como tal, y esto es lo realmente significativo, un Dios esencialmente oculto, es decir, un Dios que no aparece como dios. Un dios es, sencillamente, un dios en apariencia, y, por tanto, un poder que, como el tiempo ha confirmado, podríamos comprender de otro modo que como dios. Nadie esta sujeto en realidad a un poder que (a)parece, en un momento dado, como divino. Para los textos bíblicos de sesgo claramente monoteísta, el hombre que cuenta para el mundo no es capaz de Dios. En este sentido, solo como abandonados en medio de la oscuridad —solo en medio de un desamparo sin expectativa— uno puede preguntarse sin ilusiones, esto es, sinceramente, si no habrá alguien ahí que le saque de la tiniebla. O, por decirlo en términos bíblicos, la relación del hombre con Dios, al menos de nuestro lado, no arraiga en nuestra necesidad de sentido, sino en el lamento que clama por una redención.

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