adoratio

mayo 20, 2016 Comentarios desactivados en adoratio

La tradición cristiana distingue entre adoración y veneración. Así, los santos, por ejemplo, merecen veneración pero no adoración. La adoración conduce a la postración, mientras que la veneración tan solo exige admiración o reconocimiento. En principio, únicamente la presencia de lo santo —la epifanía— nos obliga a postrarnos. De ahí que, cristianamente hablando, el objeto de la adoración —así, en la celebración del viernes santo— sea propiamente la cruz. Pues ante la cruz, el hombre se encuentra cara a cara con Dios, lo cual no deja de ser, cuando menos, sorprendente, en tanto que Jesús de Nazareth muere bajo el firme silencio de Dios. En cualquier caso, estamos ante un caso extraño de epifanía. Pues resulta paradójico que Dios se haga presente, y no en cierta medida, en aquel que muere como maldito de Dios. Ello me recuerda a la conocida anécdota que cuenta Elie Wiesel en su novela la noche. Allí uno de los prisioneros de Auschwitz que fueron obligados a contemplar el ahorcamiento de un niño, entre otros, se pregunta ¿dónde está Dios?, ante lo cual uno de sus compañeros responde, refiriéndose al niño, que colgando de la horca. El cristianismo dice algo parecido cuando confiesa que en la cruz del enviado cuelga Dios mismo. Ahora bien, uno tiene la impresión que el cristianismo, ya desde sus orígenes, no sabe muy bien cómo compatibilizar esta tesis con la intervención de Dios, a la manera de un deus ex machina, en la Resurrección. Supongo que de ahí, el rompecabezas de la Trinidad, el cual, en el fondo, nos fuerza a admitir la diferenciación dentro de Dios mismo. Dios, como Dios, difiere de sí mismo. Sin embargo, sea como sea, un Dios que difiere de sí mismo —un Dios que incorpora en su seno, como diría Hegel, el trabajo de lo negativo— no es el dios al uso de las religiones.  

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