ambigüedades humanas

mayo 16, 2016 Comentarios desactivados en ambigüedades humanas

Nuestra existencia no sale de las ambivalencias en las que se halla envuelta. Esto significa que no cabe algo así como la integridad o la convicción. Siempre hay una sombra, un sin embargo, que impugna la solidez aparente de nuestras declaraciones. O, por decirlo con otras palabras, la integridad o la convicción pertenecen a la plaza pública, al ámbito del ágora o del espectáculo. La sombra, la duplicidad, tienen que ver con la intimidad (salvo que salgan a la luz, obviamente). Quizás por ello, las biografías destimitificadoras, aquellas que sacan el polvo de debajo de la alfombra, siempre suelen dar la impresión de que dicen la verdad. De hecho, es lo que tiene ser un yo, pues nadie acaba de coincidir, en tanto que sujeto, consigo mismo. Nadie es confirme a su imagen, su apariencia. Pero, por eso mismo, nadie podra ver quienes somos en verdad, esa falta de unidad que nos constituye como personas. Poder decir yo es poderse ver como otro, extrañarse de uno mismo, existir insinceramente. De ahí que nunca estemos a la altura de nuestras mejores acciones, intenciones o palabras. Y de ahí también que no acabemos de ser lo que deberíamos ser… a pesar de que podamos ser, para los demás, hombres y mujeres de una pieza. Ahora bien, la ambivalencia, la duplicidad, no definen solo la nauraleza de la subjetividad, sino que también se encuentran presentes en la estructura misma de lo real. Todo siempre tiene dos caras. Así podemos decir, pongamos por caso, que el cuerpo es la cárcel del alma, pues es cierto que, tarde o temprano, lo viviremos así: querremos dar un paseo, pero el cuerpo será incapaz de levantarse de la cama; querremos leer, pero la vista se cansa con la primera página. El cuerpo, con el tiempo, se revela como el lugar de nuestra impotencia. Sin embargo, también es cierto que podemos ver las cosas de otro modo, aunque no sea fácil: podemos ver en la caída del cuerpo, tal y como lo vieron los antiguos ascetas, como la dura ocasión para vaciarse de uno mismo y dejarse acoger —o, quizá, invadir— por el otro. O, por decirlo de otro modo, para alcanzar una mayor libertad de espíritu. En cualquier caso, estemos donde estemos, la otra orilla siempre reclamará sus derechos. Hoy en día, hablaríamos de finitud, lo cual significa que si permanecemos decantados por una opción —si nuestra vida no va dando tumbos, si muestra los indicios de una cierta coherencia— es porque nos encontramos sujetos a la mirada —al juicio, a la inspección— de aquel que posee una verdadera autoridad sobre nostros —aquel que representa, al menos para nosotros, la figura del Padre. Sin él no dejamos de movernos por la vida como bolas de billar.

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