sex and freedom

mayo 10, 2016 Comentarios desactivados en sex and freedom

Es un tópico de nuestra época creer que el hecho de poder elegir a nuestra pareja, frente a la tradición de los matrimonios pactados, nos hace más libres. Y, es obvio, que en un cierto sentido esto es así. Ahora bien, esta libertad supone que uno elige a su consorte como quien entra en un mercado a ver qué pilla. Tanto el hombre como la mujer, aunque con diferentes criterios, buscan, comparan y, si encuentran algo mejor, lo compran. Evidentemente, el lenguaje que se emplea para describir este tipo de transacción no es el de quien elige un detereminado whiskey frente a otros. Pero esto no quita que nuestra libertad de elección sea, en última instancia, la del consumidor. Sin embargo, precisamente por ello, no todo el mundo posee la misma libertad. Aquí ocurre como en el caso del consumidor: nuestra capacidad de elección —nuestra capacidad de compra— dependerá del dinero que tengamos. A más dinero, más libertad. Aquí, el equivalente al dinero, serían los rasgos que inspiran nuestro deseo. A más belleza o carácter, más poder. Si no eres de los afortunados, tendrás que resignarte al low cost, aunque tus sueños sigan siendo, fácilmente, los de la infancia. Y todo niño sueña con ser dios. Así, porque nuestras expectativas con respecto al otro estan, al menos inicialmente, determinadas en gran medida por el deseo —y el deseo, como el buen publicista, siempre promete lo que no puede ofrecer—, somos menos tolerantes con respecto a las taras del otro. Nadie se queda con un iphone nuevo, si este viene con una raya en la carcasa. Ahora bien, los hombres y las mujeres siempre vamos con nuestra tara a cuestas. Así, te enamoras del ejemplar de mujer o de hombre que tienes delante —te seduce su brillo, su cara amable—, pero te encuentras al final con la mujer y el hombre de carne y hueso, esto es, con la mochila que todos llevamos encima. Entoces la tentación es la de devolver el producto, diciendo, por ejemplo, que no es lo que esperábamos o creyendo que esto del amor se ha terminado, cuando lo cierto es que nadie puede amar aquello que solo responde a su deseo. El deseo, por defecto, tiene fecha de caducidad. Por consiguiente, el precio de nuestra libertad de elección es, ciertamente, la descomposición de la institución familiar. Y la disyuntiva a la que nos enfrentamos es inmediata: o bien el hastío del rico, de quien no hace más que renovar contínuamente su objeto de deseo; o bien la resignación y, por tanto, el resentimiento del pobre. En ningún caso, desde las expectativas del consumidor, cabe algo así como el encuentro con el otro. De hecho, el encuentro, a diferencia del simple contacto, exige un tiempo de cocción que no suele admitir el fast food que reclama nuestro deseo. En verdad, el amor solo puede darse como historia de amor, pues el amor es siempre un producto final. El amor, como toda historia, tiene fases: a la euforia de los primeros días, le sucede el fracaso, el desencuentro. Ahí se detienen muchos. Pero lo cierto es que puede haber vida más allá, la que da, precisamente, la reconciliación. Pero para ello hace falta una musculatura que no suele tener el consumidor. El amor es fidelidad al otro que, en cierto sentido, te ha sido dado. Pero no hay experiencia del don —en último término, de un estar en deuda— donde nos aproximamos al otro como aquel que compra un bien. Y aquí se confirma aquello de Marx: que cuando la lógica del mercado penetra en el tejido social, todo lo sólido se desvanece en el aire. Tampoco estamos diciendo que cualquier tiempo pasado fue mejor. Es evidente que la Ley —la institución— con el tiempo se convierte en una prisión. Y que cuando salimos de ella, la sensación es, ciertamente, la de haber conquistado una mayor libertad. Pero sería ingenuo creer que nuestra libertad se halla exenta de ambigüedades por el simple hecho de haberla conquistado.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo sex and freedom en la modificación.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: