fe y ciencia

abril 11, 2016 Comentarios desactivados en fe y ciencia

Uno puede preguntarse hasta qué punto son compatibles fe y ciencia. Esto es, si la ciencia excluye o no la existencia de Dios o, mejor aún, la confianza en un Dios que ampara la existencia del hombre. Ciertamente, desde la óptica científica, Dios ha dejado de ser una hipótesis explicativa. Pero muchos creen que, a pesar de ello, sigue siendo posible entender científicamente el mundo y suponer la existencia de una especie de voluntad última que sostiene cuanto es. La pregunta, sin embargo, es qué Dios, mejor dicho, qué idea de Dios presupone esta compatibilidad. Y diría que la idea de Dios que puede coexistir con la explicación científica del mundo no es la que se desprende de la experiencia bíblica de Dios. Para la ciencia, todo cuanto existe se da como ente y, en este sentido, Dios sería algo así como una cosa última. Pero, bíblicamente hablando, la realidad de Dios no puede comprenderse en los términos del ente. Dios, desde la óptica bíblica, no existe. O, por decirlo con otras palabras, la realidad de Dios, bíblicamente, no se declina en los términos del presente indicativo. Dios, en tanto que real, es lo que tuvo que desaparecer para que fuera posible el mundo y, por extensión, el hombre, ese testigo de la radical trascendencia —la falta— de Dios. En este sentido, el lenguaje más próximo a la experiencia bíblica de Dios no sería el de la ciencia, sino el de la metafísica. Pues para la metafísica, lo alteridad propia de lo real es, precisamente, lo que se oculta en el hecho mismo de aparecer como ente. La palabra griega para “verdad” —aletheia—, tal y como supo verlo Martin Heidegger, es de por sí significativa: si la verdad es originariamente un “tener lugar”, nada tiene lugar sin ocultación. Así, la verdad posee originariamente el carácter de una revelación. Pues algo se revela en la medida en que su carácter de algo otro en verdad elude la presencia. Y esto es, precisamente, lo que decimos del Dios bíblico: que, en la medida que da un paso atrás, Dios puede aparecer como indigente, como el hombre que soporta el retroceso —la negacion— de Dios. Para una mentalidad científica, Dios, de existir, no puede darse más que como un dato más del mundo, aunque sea el dato de otro mundo o, mejor dicho, de la dimensión oculta del mundo. Sin embargo, para una sensibilidad bíblica, Dios es, en cualquier caso, lo otro del mundo, de cualquier mundo, y, por eso mismo, se muestra como aquello siempre pendiente del mundo, literalmente, como su eterno por-venir.

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