sola fides

abril 7, 2016 Comentarios desactivados en sola fides

Que necesitemos hoy en día creer en Dios para poder creer en él —que necesitemos suponer que Dios existe para que podamos confiar en su amparo— ya es de por sí un síntoma de que no nos encontramos cabe Dios. El creyente actual no es, por tanto, alguien que se encuentra indiscutiblemente sujeto a un poder que le supera por entero. Más bien, es alguien que tiene que imaginar la hipótesis de Dios —más aún: imaginar que ese Dios es además bueno— para hacerle un hueco a Dios. En este sentido, Dios hoy en día posee la entidad de lo imaginario. Y un Dios imaginado difícilmente puede valer como Dios. Un Dios imaginado no puede darse como Dios en verdad. Evidentemente, no fue así en la Antigüedad. Para el hombre antiguo, un Dios no era en modo alguno una hipótesis, algo que exigía su credulidad. Un Dios era un poder efectivo, un exceso palpable. Sin embargo, el giro hacia la muerte de Dios —el giro que hace de Dios un nombre sin entidad— no es tan moderno como bíblico. En este sentido, el ateísmo moderno podría entenderse como un hijo bastardo del Dios bíblico. Sin duda, Moisés se encontraba sometido al poder de Dios. Pero ese poder, bíblicamente, ya no se comprende como el poder de una fuerza (sobre)natural, sino como el poder del mandato que se desprende, precisamente, de un Dios en falta —de un Dios que permanece fuera de campo—, el poder del mandato que nos convierte, al fin y al cabo, en rehenes del que no cuenta para el mundo. Así, desde una óptica bíblica, los hombres somos hijos de Dios —o, como suele decirse también, hermanos—, en tanto que huérfanos de Dios. Pues es gracias a la desaparición de Dios —es gracias a que Dios en verdad no aparece como Dios— que el hombre es arrojado en brazos del otro. En nombre de Dios, esto es, en su lugar, tenemos al hombre que clama por Dios, a aquellos que dirigen su mirada hacia un cielo sin luz. De ahí, que el Dios bíblico exija nuestra fe. Pero no en el sentido de que tengamos que suponer su existencia —pues la realidad de Dios, bíblicamente, no se declina en los términos del presente indicativo—, sino en el de un esperar que el Mal no tenga la última palabra. Y ello en nombre de la vida que nos ha sido dada, precisamente, desde la nada de Dios. Dios no existe. Dios fue. Pero porque fue —mejor dicho, porque Dios hizo el mundo retirándose del mundo— el creyente permanece a la espera de Dios. Dios es, en este sentido, la promesa de Dios, el por-venir mismo de Dios.

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