zoon politikón

abril 6, 2016 Comentarios desactivados en zoon politikón

Pensar lo político es pensar la naturaleza de lo político. Y la naturaleza de lo político no puede comprenderse en los mismos términos en los que entendemos la naturaleza moral del hombre. Esto es, lo politíco no es una extensión de la moral. Las exigencias a las que se enfrenta lo político —el deber estrictamente político— no pueden resolverse moralmente, esto es, no pueden abordarse desde presupuestos únicamente morales. El problema político fundamental —el problema del que derivan el resto de los problemas políticos— es el problema de la integración del individuo en una sociedad. Aquí conviene tener en cuenta la diferencia entre una comunidad y una sociedad. La diferencia entre ambas no es meramente cuantitativa, es decir, una sociedad no es simplemente una comunidad formada por muchos individuos. Una sociedad, por el simple hecho de estar formada por demasiados individuos, ya es otra cosa. Y que se trata de otra cosa se ve en el hecho de que la integración del individuo en el seno de una sociedad —su implicación en el bien común— no se da bajo una pauta estrictamente moral. Me explico. Dentro de una comunidad, tiene sentido abordar moralmente la desafeccióm del individuo con respecto al bien común. Podemos exhortarle —podemos apelar a su deber para con los demás, podemos también amenazarle con el castigo— y ello será, probablemente, suficiente. El juego que se juega en este caso es, estrictamente, moral. Así, la relación entre el individuo y el conjunto de la comunidad puede comprenderse como una relación con respecto a un tú. No ocurre lo mismo cuando en lugar de una comunidad tenemos una sociedad. Aquí el conjunto posee los rasgos de lo impersonal y, por eso mismo, la tentación del individuo —tentación que el estadista debe tener en cuenta como si fuera una especie de dato natural— es la de actuar como un free rider, esto es, como aquel que buscará aprovecharse del bien común sin asumir sus costes. De ahí que el individuo en el seno de una sociedad no se sienta obligado a hacer lo que exige el bien común en el mismo sentido en que sí se siente obligado a situarse moralmente ante aquellos que conoce personalmente. Por eso, el juego que se juega socialmente debe comprenderse en unos términos distintos a los que nos permiten comprender una relación moral, aunque la justificación del juego social siga siendo —y debe seguir siendo— moral. Podríamos decir que la cuestión política es la cuestión de lo que debemos hacer donde no es posible hacer lo que debemos hacer. Esto es, la cuestión de la política nos obliga a distinguir entre dos tipos de deberes o exigencias. Así podríamos preguntarnos cómo hay que comprender nuestra obligación de pagar impuestos. En principio, parece que de lo que se trata, simplemente, es de hacer lo que exige el bien común: pagar por ello. Sin embargo, bien pensado de lo que se trata es de otra cosa, aunque no lo parezca. Pues el estadista, a la hora de establecer una carga impositiva, tiene en cuenta —o debería tener en cuenta— que no todos van a pagar lo que deben. Estamos ante un dato natural, aunque, sin duda, admita un cierto margen. El estadista ha de tener en cuenta que habrá fraude fiscal como el ingeniero tiene en cuenta la fuerza de la gravedad a la hora de diseñar puentes o cohetes. Resulta inútil abordar el problema del fraude fiscal solo moralmente, lanzando campañas, pongamos por caso, de concienciación o aumentado el número de inspectores fiscales. El estadista, si espera recaudar cien, teniendo en cuenta lo dicho, se verá obligado a imponer una carga de ciento cincuenta, pongamos por caso, para alcanzar el objetivo previsto. Ahora bien, en el momento en que, de algún modo, llegamos a saberlo, entonces el juego pasa a ser el del ratón y el gato: a lo que se nos obliga es a defraudar… al menos, en cierta medida. Pues lo que de algún modo sabemos es que no se trata de pagar ciento cincuenta. Sin embargo, este juego no podría jugarse si se llegaran a explicitar las reglas. Para que el juego siga siendo posible, su justificación ha de seguir siendo moral: debes pagar lo que se te exige para el bien común. Por eso, si te pillan, has de pagar por ello. Dicho con otras palabras, el juego de la política solo puede jugarse donde quienes juegan siguen creyendo, al menos sobre el papel, que se trata de otro juego, en concreto, de un juego moral. Así, el fraude fiscal es, por principio, moralmente recriminable —y, por tanto, penalizable—, aunque el infractor pillado no sea, en realidad, un inmoral, sino simplemente alguien que ha perdido el juego. Algo parecido podríamos decir con respecto al tema de la razón de Estado. Resultaría ingénuo enfrentarse a las mafias rusas o al terrorismo yihadista simplemente con las armas de la ley. Un Estado ha de contar con servicios secretos, es decir, con una cuerpo de seguridad que trabaje en las cloacas del sistema, fuera de la ley. Un Estado no puede preservar el orden con las manos limpias. La ley no basta para preservar la ley. Sin embargo, la necesidad de contar con servicios secretos no justifica su tarea. En cualquier caso, la explica, pero no puede justificarla sin atentar contra esa misma ley que pretender preservar. De ahí que los 007 del sistema tengan que cumplir con su deber solos, como quien dice: si les pillan con las manos sucias, nadie sabe nada. Y tiene que ser así. Este es un buen ejemplo de lo que decíamos antes: el juego de lo político solo puede jugarse donde las reglas de juego no pueden explicitarse sin impedir el juego. Abordar, pues, el problema de lo político desde presupuestos estrictamente morales, como si una sociedad fuera una extensión de una comunidad, no solo implica una mala comprensión de lo que es la política, sino que también conduce a una mala política. Y las consecuencias de una mala política es el fin del bien común que la política pretende, precisamente, realizar. 

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