about Mill

abril 2, 2016 Comentarios desactivados en about Mill

John Stuart Mill defiende lo que, para muchos hoy en día, ha llegado a ser un lugar común: que los hombres solo pueden ser felices donde tienen libertad para elegir ser felices… según crean. El punto de partida es que la cuestión de la felicidad es una cuestión que permanece esencialmente abierta. No hay aquí una última palabra. Así, hay quienes creen que la felicidad pasa por entregarse en cuerpo y alma a una gran causa y quienes creen, pongamos por caso, que solo podrán ser felices si consiguen triunfar como brokers. Por consiguiente, la cuestión política sobre cómo pueden convivir sensibilidades muy distintas no se resuelve en relación con una determinada concepción del Bien o, como suele decirse, de la vida buena. El argumento de Mill, a simple vista, parece irrefutable: si los hombres tuvieran que elegir entre permanecer fijados de por vida a aquella concepción de la vida buena en la que creen o poder cambiar de parecer en el futuro, se decantarían casi sin pensarlo por la segunda opción. Por eso, según Mill, la felicidad pasa, como decíamos, no tanto por un determinado camino, sino por la posibilidad de elegir el camino. Nadie puede ser en verdad feliz donde se le impone una cierta idea de cómo vivir…aunque ésta fuera, es un suponer, la correcta. Sin embargo, cabe añadir un par de notas a pie de página al respecto. En primer lugar, no está claro que los hombres nos decantáramos por la segunda opción, si nos viéramos obligados a elegir. Ciertamente, no hay quien quiera renunciar a su libertad. Pero esto de la libertad podemos entenderlo de dos maneras distintas. En un primer sentido, que es el de Mill, la libertad se entiende grosso modo como la posibilidad de realizar nuestras preferencias o deseos. Esta libertad sería, por decirlo así, la libertad del consumidor. Sin embargo, también podemos entender la libertad como hacer lo que uno quiere. Aparentemente se trata de lo mismo, pues inicialmente creemos que queremos lo que deseamos intensamente. Pero, en el fondo, no se trata lo mismo. Pues cuando uno quiere algo en verdad, se ata al mástil, por decirlo así. Esto es, renuncia, al menos durante un plazo, a cambiar de parecer. Precisamente, porque sabe que los deseos van y vienen, quien quiere, pongamos por caso, dedicarse al violoncello, fácilmente se comprometerá a estudiar unas cuantas horas diarias, desestimando las otras opciones… que, puede darlo por hecho, le parecerán más tentadoras, sobre todo cuando constate que el violencello se le resiste. O, por decirlo con otras palabras, la libertad también puede entenderse como la decisión de permanecer fiel a una opción. Hablamos aquí, por decirlo a la kantiana, de la autonomía, de un imponerse a sí mismo una Ley, al fin y al cabo, hablamos de la fuerza de voluntad. De hecho, se trata de la libertad más genuina, pues, en tanto que nadie elige su propio deseo —en tanto que el deseo es como un implante—, nadie es en verdad libre en relación con su deseo, aunque, sin duda, creamos que somos libres cuando podemos llevarlo a cabo. En segundo lugar, podríamos también introducir otra nota a pie de página con respecto a la noción misma de felicidad. Para el utilitarismo moral, la felicidad se entiende como un poder realizar el propio deseo, con la única restricción de que dicha realización no impida la de los demás. Así, desde esta óptica no parece que quepa una crítica del deseo. Si alguien cree que será feliz como jugador de la play, no parece que podamos decirle nada al respecto. Ahora bien, desde una óptica clásica —desde una óptica como la de Platón, pongamos por caso—, no cualquier deseo conduce a la felicidad. Esto es, nos equivocamos donde creemos que cualquier deseo puede hacernos felices. En realidad, el destino de lo útil, por emplear los términos de Mill —el destino de todo aquello que nos satisface— es ser desestimado. Tarde o temprano, nuestros juguetes acaban en el container. Solo el deseo del alma, por decirlo a la platónica, solo aquello que reclama nuestra voluntad puede colmar una vida humana. Mill, con todo, era consciente de esta dificultad. De ahí que dijera que, en el fondo, los hombres, si recibían una adecuada formación, acabarían por darse cuenta de que en verdad preferían ser unos Sócrates insatisfechos que unos cerdos satisfechos. Sin embargo, uno puede sospechar que es difícil recibir una adecuada formación sin imponer una determinada concepción del bien, de lo que debe desearse en verdad. Sin duda, alguien podría decir sinceramente que es feliz dedicando su vida a jugar a la play. Es decir, no parece que podamos decirle fácilmente que su vida es un error. Sin embargo, sí que podríamos decirle que su horizonte vital es el propio de un niño. Pues un niño no se equivoca cuando cree que no puede haber más felicidad que la que le proporciona una bolsa de chuches, pongamos por caso. Pero, evidentemente, un niño es un niño. 

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