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marzo 31, 2016 Comentarios desactivados en lo más

Engendrar es una de las cimas de la existencia, algo de por sí asombroso. Pues lo asombroso es que pueda haber vida sobre el fondo mismo de la nada. En este sentido, no hay vida que no nos sea, en definitiva, dada. Sin embargo, nos resulta difícil, por no decir imposible, permanecer en el espacio de esta revelación. El pacto con el mundo nos obliga a hacer del milagro algo con lo que tratar, algo, de algún modo disponible. La cotidianidad es, sobre todo, trabajo. O, por decirlo con otras palabras, las exigencias de la adaptación nos fuerzan a reducir lo sagrado a lo profano. De ahí la importancia de los símbolos —de ahí la importancia de marcar el tiempo diario con los signos de la trascendencia, de lo que tuvo que ser dejado atrás para que fuera posible el trato. Hay más profundidad de la que parece en la insistencia judía en el memorial. Pues posiblemente la relación con lo sagrado solo pueda darse como ese seguir vinculados de algún modo con lo que fue en verdad. Para una sensibilidad bíblica, la trascendencia es, en último término, lo que tuvo que desaparecer para que fuera posible nuestro arraigo, siempre precario, en el mundo. De ahí que para dirigirse a Dios no tengamos que mirar el cielo, sino a esa vida que nos ha sido dada desde la contracción de Dios. Cualquier dirigirse a Dios que pase de largo supone un tomar el nombre de Dios en vano, al fin y al cabo, idolatría, un poner a Dios —mejor dicho, nuestra idea de Dios— en lugar de lo que es de Dios.

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