castillos en el aire

marzo 22, 2016 Comentarios desactivados en castillos en el aire

JM Castillo sostiene que el cristianismo de Pablo, con su interpretación de la cruz, supuso una significativa alteración de la lectura que se encuentra en los evangelios, la cual sería, a su entender, más natural o comprensible. Así, habrían, según JM Castillo, dos teologías difícilmente compatibles en el Nuevo Testamento, la de Pablo y la de los evangelistas. Según Pablo —así como la del autor de la carta a los hebreos—, Jesús fue crucificado siguiendo el plan de Dios: Jesús se hizo maldición por nosotros, soportando sobre sí la ira de Dios para la redención del hombre. Dios, según JM Castillo, exigía el sacrificio —la expiación— del hombre que fue Jesús de Nazareth, pues “sin derramamiento de sangre, no hay perdón” (Heb 9, 22). En cambio, para los evangelistas, la muerte de Jesús, el profeta que encarnó el modo de ser de Dios, fue una muerte político-religiosa debida única y exclusivamente a la incapacidad de los hombres para aceptar la sanación que venía de Dios. JM Castillo califica la teología de Pablo, centrada en la noción de pecado, de desajustada y desquiciada, mientras que la teología evangélica, más sensible a la realidad del sufrimiento, estaría más de acorde con lo que el hombre, hoy en día, puede esperar de Dios. Para JM Castillo, cuando los evangelistas hablan de salvaciôn se refieren a “remediar los sufrimientos”, mientras que para Pablo de lo que se trata es de reconciliarse con Dios —de restaurar, en definitiva, la originaria relación con el creador, de redimir al hombre del pecado. Sin embargo, no me parece que, una lectura atenta de los textos de Nuevo Testamento, nos permita afirmar lo que sostiene, con cierta unilateralidad, JM Castillo. Sin duda, hoy en día, ya no seríamos capaces de declarar espontáneamente lo que Pablo defiende. Para nosotros, la idea de un sacrificio expiatorio resulta, cuanto menos, extravagante. Para nosotros es más natural, la lectura que hace JM Castillo. En este sentido, para el hombre y la mujer contemporáneos, la cruz no puede ser mucho más que un mal final, una injusticia… entre tantas. Ahora bien, si esto es así es, en gran medida, gracias al triunfo histórico del cristianismo, el cual suprime el sitz im leben que lo hace inteligible. Y el cristianismo no es solo moral, aunque sea con la excusa de Dios, sino también revelación. Y lo que revela la cruz no es solo el destino del hombre justo en un mundo sin piedad, sino la realidad de un Dios que se identifica con el crucificado. Pues, una de las preguntas a las que se debieron enfrentar los discípulos de Jesús fue, precisamente, como el hombre de Dios pudo morir como un maldito de Dios —como un abandonado de Dios. Así, o bien Jesús fue un fraude y Dios no estaba de su lado —o lo que es peor, o Dios era aquel que abandonaba al hombre a su suerte—, o bien, algo le ocurrió a Dios en la cruz Jesús de Nazareth. Tanto los evangelios como Pablo, aunque con distintos matices, se decantan por la segunda opción y de ahí su insistencia en que el crucificado era el Hijo de Dios. La cruz no fue para ellos simplemente un mal final. Para los autores del Nuevo Testamento, la cruz —aunque quizá deberíamos decir el acontecimiento cruz-resurrección— tenía un valor soteriológico en la medida en que estaba implicado Dios mismo. Esto es evidente, sobre todo, en el evangelio de Juan, en donde la noción de exaltación, a pesar de sus ambivalencias, pretende transmitir, precisamente, el carácter salvífico de la muerte en cruz. Para Juan, el calvario es inseparable de la elevación, la revelación de la acción de Dios que salva al hombre del poder de la muerte (y no solo el episodio anterior a la resurrección, como probablemente creyeron Pablo y los otros evangelistas). Así, la distinción que efectúa JM Castillo entre pecado y sufrimiento quizá sea más propia de nuestro tiempo que de los tiempos apostólicos. Pues, tanto para Pablo como para los evangelistas, el sufrimiento de los hombres era la expresión de su hallarse en manos del maligno. La muerte era, para ellos, el salario del pecado. Esto es, todo lo que hacía hombre, en tanto que existía de espaldas a Dios, se hallaba sujeto al poder de la muerte. De ahí que solo por la intervención de Dios —solo por la gracia— el hombre podía liberarse del pecado y, por extensión, del sufrimiento. Ahora bien, la intervención de Dios no fue la que el hombre religioso se esperaba —una intervención ex machina. La noción se sacrificio expiatorio se entiende mal, si damos por sentado que Dios exigía un sacrificio a la manera de Moloch o del dios azteca. Pues el sacrifico que termina con todos los sacrificios es, cristianamente hablando, el sacrificio mismo de Dios. Lo que resulta inaudito para una sensibilidad típicamente religiosa es que el sacrificio que reconcilía a Dios con el hombre, no sea del hombre, sino de Dios. La insistencia tan evangélica en mostrar la intimidad de Jesús con Dios no pretende otra cosa que implicar a Dios en la cruz. Es desde este trasfondo que cabe entender la gran declaración cristiana de Dios como amor. Pues, de lo contrario, haremos del amor un dios y no es esto lo que pretendieron transmitir los primeros cristianos. Sin embargo, una cuestión no menor, y a la que JM Castillo se enfrenta al decir lo que dice, es si aún podemos seguir creyendo en lo que ellos creyeron —si aún podemos concebir a Dios en el contexto de una historia de salvación. Pero, en cualquier caso, lo que no podemos hacer es hacerles decir a los autores del Nuevo Testamento lo que no quisieron decir.

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