¿cabe aún?

marzo 18, 2016 Comentarios desactivados en ¿cabe aún?

A veces, uno tiene la impresión que los esfuerzos por actualizar el kerygma cristiano tienen mucho de intentar seguir creyendo en lo que ya no nos es posible creer como quien no quiere la cosa. Pues, al fin y al cabo, el anuncio evangélico es muy simple: que hemos sido liberados del poder del pecado —de las garras de la muerte— por el poder de Dios, el cual se revela en la cruz de Cristo. Ciertamente, esto tiene mucho de increíble —aunque la palabra quizá sea escándalo—, pero no es en modo alguno ininteligible para quienes daban por descontado que hay Dios y que el mundo se hallaba bajo el poder del maligno. La situación de los primeros creyentes es, por tanto, la de quienes, por un lado, se encontraban sujetos a Dios y, por otro, sujetos a la carne, es decir, sometidos por entero a la incapacidad de cumplir por sí mismos con la voluntad de Dios. La Cruz —de hecho, la cruz-exaltación— posee, por consiguiente, un valor soteriológico —un papel redentor— para aquellos que buscan una vida nueva y no solo una vida mejor. De aquí se desprende que no hay evangelio para quienes confiamos en nuestras fuerzas —para quienes no nos hallamos hundidos sin remedio en nuestra propia miseria. Dios no garantiza las posibilidades del hombre. Mejor dicho: la última oportunidad del hombre no es, cristianamente hablando, del hombre, sino de Dios. Pero, evidentemente, el problema de un mundo que cree poder prescindir de Dios es, de hecho, el lenguaje sobre Dios. Por eso erramos el tiro cuando hacemos de Dios el garante de nuestra aspiración a la felicidad, pues la aspiración a la felicidad es lo propio de quienes aún podemos confiar en nuestra posibilidad. Y un Dios que se muestre como el horizonte de nuestra posibilidad no es, de hecho, Dios en verdad, sino algo que llamamos Dios.

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