los peces en el río

marzo 2, 2016 § Deja un comentario

Debería ser evidente que la genuina trascendencia es algo que no puede pensarse en los términos de otro mundo. Y es que, aun cuando descubriéramos la existencia de otro mundo, lo único que habríamos conseguido es desplazar las fronteras del mundo. Pues supongamos que nosotros fuéramos peces que se preguntasen si hay vida más allá del mar. Algunos creerían que sí, sobre la base de ciertos indicios, mientras que otros creerían que no: que no hay más que leña que la que arde, en este caso, más agua que la que moja. Da igual. Lo que esos peces puedan creer al respecto no los convierte en creyentes. La discusión, en cualquier caso, es irrelevante. Pues, hay vida más alla del mar, y no por ello estamos obligados a hablar de Dios. Si los peces adorasen a los mamíferos que pueblan la tierra, sencillamente se equivocarían, aunque su impresión fuera, sin duda, que se hallan ante seres superiores, al menos en cierto sentido. En cualquier caso, la tierra, para los peces del mar, es algo así como una figura —una imagen— de la trascendencia, pero, precisamente por ello, no se trata de una verdadera trascendencia. Es por eso que un Dios que existe, no existe, por emplear el dictum de Bonhoeffer. Un Dios que existiera al modo de los entes —o según el modo de la energía o una potencia superior— aun se encuentra del lado de acá como para ser reconocido como Señor. La trascendencia de Dios solo puede pensarse como lo otro del mundo, de cualquier mundo. Y, por eso, la realidad de Dios es lo eternamente pendiente de la existencia. Ahora bien, porque Dios siempre se encuentra más allá, no hay otra presencia de Dios que la de aquellos que soportan sobre su espalda la voluntad —el mandato— que se desprende de esa falta. De ahí que bíblicamente Ley y trascendencia —la demanda que nos convierte en rehenes del rostro y experiencia de Dios— sean dos caras de una misma moneda.

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