cristianismo y mito

febrero 27, 2016 § Deja un comentario

¿Es posible un cristianismo sin mito? Sí. Pues, el cristianismo es, de hecho, el antimito. Otra cosa, sin embargo, es que el cristianismo sobreviva históricamente bajo la capa del mito. ¿Qué es el mito? Caemos en el mito cuando olvidamos el carácter dialéctico de la realidad de Dios. Esto es, cuando hacemos de Dios un ente, aunque sea espectral. Pero Dios no es un ente —Dios, estrictamente hablando, no existe, aun cuando sea real. Por un lado, Dios es lo enteramente otro. Lo enteramente otro es, por defecto, lo que queda fuera de una determinada receptividad: lo esencialmente inalcanzable, un intangible, un no acabar de ser, un déficit, un eterno más allá. En este sentido, Dios en sí mismo, es lo siempre pendiente de la existencia. Dios, en tanto que real, se encuentra siempre más allá de cualquier mundo, incluso del sobrenatural (de haberlo). Dios no es de otro mundo, sino lo otro del mundo. Dios, en sí mismo, no es, sino que fue (y, porque tiene pendiente volver a ser, Dios es el que será). Por otro lado, Dios, en tanto que real, es lo que se hace presente, se manifiesta. Ahora bien, por lo que acabamos de decir, Dios no puede aparecer como Dios. En cualquier caso, aparece como apariencia de Dios —como imagen de Dios. Y, bíblicamente, Dios aparece con la voz —el grito— de los que sufren la trascendencia, la ausencia de Dios. Los pobres, en tanto que existen ante un Dios en falta, son la imagen, la huella de Dios. Dios, en sí mismo, se oculta, donde aparece (de ahí lo que decíamos sobre el carácter dialéctico de la realidad de Dios). Por eso, la cruz es revelación —que no ilustración— de Dios. Por eso el crucificado no constituye una ejemplificación de Dios, sino presencia misma de Dios: de Dios, cristianamente hablando, no tenemos otra cosa que a un hombre que cuelga de un madero en nombre de Dios —y que perdona en su nombre. Que el cristianismo sobreviva haciendo del que ocupa el lugar de Dios, una vida ejemplar —un símbolo de Dios… entre otros— es algo que convierte, ciertamente, al cristianismo en una religión más. Pero el cristianismo, en su esencia, no es una religión entre otras. Es, de hecho, la antireligión, un escándalo, una mutación de lo que religiosamente se entiende por Dios.

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