la condición humana

febrero 8, 2016 § Deja un comentario

Quizá para comprender nuestra condición humana baste caer en la cuenta de que, por lo común, los dilemas morales no admiten una solución moral, sino política. Esto es, salvo en momentos excepcionales, lo que debemos hacer no es lo que debemos hacer desde el punto de vista de la integridad moral, sino lo que nos exige moralmente una situación en la que no podemos hacer lo que por principio debiéramos. Un ejemplo clásico es el del dilema del médico que tiene que hacer una transfusión sanguínea a un testigo de Jehová. Si hace lo correcto, condena al testigo a las llamas eternas (y aquí no nos enfrentamos a un simple supuesto: el lo vivirá como si le hubieras arrancado un hijo). Si no lo hace, el testigo morirá (que es quizá lo que el preferiría, si Dios no lo remedia). Aquí la única solución es que el médico haga la transfusión sin que el testigo se entere. El testigo, ciertamente, creerá que sigue con vida por la intervención de Dios. Por tanto, aquí paz y después gloria. Sin duda, hay gestos, por lo común sacrificiales, que solo pueden realizarse siendo de una pieza. Son aquellos que reclaman el alma entera, los denominados en la jerga filosófica superogatorios. Estos gestos son admirables, pero no ejemplares, esto es, no sirven como norma para las situaciones intermedias —grises—en la que generalmente nos encontramos. Los gestos superogatorios, en cualquier caso, constituyen un horizonte asintótico de la existencia y, en este sentido, podríamos decir que nos juzgan, en el sentido que nos posicionan frente a nuestra última verdad. Pero esta última verdad —la verdad del hombre— no está, como quien dice, en nuestras manos. Se trata una imposible posibilidad. Ante nuestra última verdad, somos quienes nos situamos en falso. Pero eso es lo que hay: hombres y mujeres que existimos con el pie cambiado. Hay, pues, un corte entre la verdad moral de nuestra existencia y la verdad, por decirlo así, política. Y entre ambas nos movemos. De hecho, esta escisión constituye, me atrevería a decir, el meollo de la espiritualidad bíblica. El hombre de Dios es aquel cuya existencia depende por entero de Dios, aquel que se encuentra íntegramente sujeto a su mandato: dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, acoger al extranjero. Pero, evidentemente, el hombre de Dios no encuentra un fácil acomodo entre los hombres. Su vida es impracticable. Pues cuando Dios irrumpe en nuestra existencia, todo salta por los aires. Quien se halla sometido a la demanda infinita que nace del rostro sin máscara —quien vive al prójimo como hermano— no puede tolerar los pactos con el mundo. Pero lo cierto es que muy pocos son “hombres de Dios”, aunque todos seamos, en última instancia, los llamados por Dios. La mayoría tratamos con el prójimo, esto es, nos relacionamos con él contractualmente, aunque ese contrato este cargado de afectividad y buenas costumbres. Por eso, para la mayoría de lo que se trata es de ser buena gente, de tratar al otro justa, amablemente. Para la mayoría, de lo que se trata es de la Ley. El horizonte de la mayoría es aquel bajo el que se sitúa el joven rico. Por eso, el cristianismo yerra el tiro cuando fácilmente traslada a los hombres el mandato que somete a los hombres de Dios, cuando confunde, de hecho, lo ético, por decirlo así, con lo político. Pues, quienes no nos encontramos en los tiempos de Dios —tiempos, de por sí, catastróficos—, no nos encontramos en la situación de los hombres de Dios. Resultaría absurdo, por no decir perverso, que quisiéramos hacer lo de esos hombres porque así lo quiere Dios, como si la voluntad de Dios pudiera llevarse a cabo por musculatura moral. Como la meigas gallegas, hombres de Dios haberlos, haylos. Pero los hombres de Dios son, como las meigas, de otro mundo. Por eso, para decir que todos jugamos la misma liga hay que dar un paso (de hecho, unos cuantos). Ser cristiano de a pie, probablemente, signifique, a parte de no dañar al prójimo, reconocer que son ellos, los hombres de Dios, quienes hacen posible que aún podamos creer en Dios. Mientras tanto —mientras no nos encontremos en la situación del seguimiento—, quizá se trate de hacer el bien como podamos, esto es, políticamente, admitiendo, a la vez, que con respecto a la verdad de Dios —la última verdad del hombre— seguimos con el pie cambiado.

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