creo en Grégoire

febrero 6, 2016 § Deja un comentario

Confesamos que Dios es amor, pero, por lo común, entendemos que el amor es Dios (o, si se prefiere, divino). No es lo mismo. Si fácilmente entendemos lo segundo es porque damos por hecho que cabe algo así como un acceso directo a Dios: que experimentar a Dios es experimentar el amor que brota de Dios (como quien siente el agua al bañarse en el mar o el nirvana al inyectarse un chute de heroína). Pero cristianamente no creemos que haya un acceso directo a Dios. Cristianamente, no hay otra presencia de Dios que la del hombre que hizo que los ciegos vieran, los cojos andaran, los muertos, resucitaran; del hombre que soporta sobre sus espaldas la altura de Dios, mejor dicho, el peso de un Dios en caída libre. Pero hay que tener presente las historias que hay detrás de las declaraciones cristianas para entenderlas. Así, ni mil tratados de exégesis bíblica pueden conseguir lo que consigue el documental, los olvidados de los olvidados. Ves la historia de Grégoire de Ahongbonon, ese hombre que se puso en manos de aquellos con los que no había nada que hacer, los locos de atar, los pobres de los pobres, esos deshechos humanos. Ves a ese hombre liberando a los dementes de sus cadenas, porque, sencillamente, no pueden vivir como perros y ves a Jesús de Nazareth resucitando a los muertos. Grégoire es, como Jesús de Nazareth, el hombre que venía de Dios. Pero si Grégoire viene de Dios no es porque descienda, literalmente hablando, de Dios —pues creer en eso no sería cristiano—, sino porque pende de (depende de) Dios. Dios desciende en el hombre que ve a Dios en el pobre —que se sitúa frente al pobre como su Señor. Y es que, bíblicamente, Dios nunca aparece como dios, sino como abandonado de Dios. Si le preguntas a Grégoire quien es Dios, te dirá que Dios es aquel que permanece atado a los árboles. Si le preguntas lo mismo a cualquiera de los que fueron liberados por Grégoire, te dirá que Grégoire. ¿Dios? En ningún lugar. Pero, precisamente por ello, se da como loco de atar —como viuda, como extranjero, como huérfano. O como Grégoire. No hay, por tanto, acceso directo a Dios. Pero tampoco tenemos un acceso directo a Jesús. Cristianamente hablando, creer en Dios es creer que no hay otro Dios que Jesús, lo cual no supone hacer de Jesús un dios, sino de Dios un crucificado (y esto es, de por sí, lo suficientemente audaz como para olvidarlo). Pero, teniendo en cuenta lo que acabamos de decir, que no hay acceso directo a Jesús, difícilmente creeremos en Jesús si no creemos antes en Grégoire —o en Pere Claver, Luis Espinal y tantos otros que han dado su vida por aquellos que ya no cuentan. Creo en Jesús, esto es, creo en Grégoire. Si pierdes de vista a los santos —literalmente, esos mediadores—, haces de Jesús un mito más, un héroe de la lucha por la justicia, un paradigma de la bondad. Y para mitos, puede que haya de mejores.

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