la paz

febrero 1, 2016 § Deja un comentario

Como es sabido, el horizonte de la iluminación budista es el nirvana, la disolución del yo. Pero con la disolución del yo va la disolución del otro. No hay otro que valga para el yo que se ha disuelto en el océano de la divinidad. Así pues, no me parece que, bíblicamente, podamos decir lo mismo: que al final acabaremos como un puñado de sal en el mar. Desde la óptica bíblica, el otro —su rostro, su despojo— es el non plus ultra de la existencia. Qué pueda haber más allá es algo que, literalmente, no nos incumbe. Incluso con respecto a la última verdad —incluso con respecto a la verdad de Dios— permanecemos en manos de Dios. Por eso, no me atrevería a decir que, en nombre de Dios, se nos convoca a la disolución, sino a una demanda infinita, aquella que nos convierte, precisamente, en rehénes del otro. Dios es lo siempre diferido de la existencia del hombre. Y, por eso mismo, la cuestión de Dios no puede resolverse en los términos de un saber sin caer en la ilusión.

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