divina comedia

enero 24, 2016 § Deja un comentario

Hay que llegar a mirar las cosas como si no hubiese redención. Entonces es posible que aparezca lo extraño de tot plegat. Como si cuanto nos traemos entre manos —hacer la colada, columpiar a los niños, abrazarnos, cuadrar las cuentas, comerse una manzana— fuera una gran farsa. Difícilmente podremos evitar la impresión de que formamos parte de una comedia —o un drama— sin autor. Tarde o temprano, toca desaparecer, extinguirse, irse de aquí. Pero entonces es posible también que aparezca el aura de lo que vivimos y no supimos ver. Como los antiguos no pudieron evitar ver los cielos como si fueran una gran bóveda —pues, esa es la sensación espontánea que provoca en nuestro ánimo la noche estrellada—, nosotros, en la antesala de la muerte, no podemos eludir la corazonada de que esto no puede quedar así, como si nada hubiera ocurrido en verdad, de que tiene que haber algo más. La creencia en lo sobrenatural es, pues, lo natural. Y ello en nombre de la vida que se nos dio desde el horizonte mismo de la nada. Nos iremos, no obstante, sin tener la respuesta. Aunque quizá la pregunta no es si hay vida más allá de la muerte, sino qué vida puede haber para las víctimas de los Auschwitz de la Historia. Pues, si bien, con respecto a la primera, podemos aún disponer de una visión tranquilizante, no hay para la segunda otra esperanza que aquella en la que humanamente no podemos creer. Por eso la increíble resurrección de la carne no es propiamente algo que quepa suponer —una creencia al uso, como pueda ser la creencia en la inmortalidad del alma—, sino en cualquier caso algo que debe suceder, si es que hay Dios.

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