inversa desproporcional

enero 21, 2016 § Deja un comentario

A veces tengo la impresión de que la espiritualidad sin Dios es un modo, actualmente convincente, de invitarnos a ver las cosas con la mirada del asombro —de abrir nuestros ojos a un mundo que, por el simple hecho de existir, nos desborda por entero. Y esto está muy bien. Pero el cristianismo, a pesar de los intentos de algunos, no puede homologarse a dicha espiritualidad. Y no porque no pueda renunciar a la idea de Dios, aunque me atrevería a decir que, cristianamente, Dios no es el tema, sino porque no puede renunciar a la irrupción de la gracia sin falsificar su kerygma. Desde una óptica bíblica, no se trata tanto de mirar con los ojos del asombro sino de ser mirado por los ojos de los excluidos del mundo, más aún, de ser alcanzado por la mirada de los muertos, de aquellos que yacen en las fosas comunes de la Historia, de hecho, la mirada que nos juzga con su perdón. Podríamos decir que se trata de mirar las cosas con los ojos de la redención que nos ha sido dada en la cima del Gólgota. En el origen de la fe bíblica no hallamos propiamente una iluminación sino una perturbación. Así, en el horizonte no encontramos las aguas incomensurables del océano, sino la irrupción de un rostro sin máscara. Al suprimir al otro —su señorío, su poder— lo que obtenemos no es, así, una espiritualidad más elevada, sino su perversión. O, por decirlo con otras palabras, cristianamente hablando, no hay más allá de la alteridad. En cualquier caso, la alteridad es el eterno más allá de nuestra humana condición.

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