tavertet

enero 2, 2016 § Deja un comentario

La idea de que las religiones responden a un anhelo universal de trascendencia es formalmente indiscutible. En la medida en que el hombre es consciente de sus propios límites, ya está, por decirlo de algún modo, en el otro lado. No es posible percibir el límite sin, al mismo tiempo, captar, aunque sea a tientas, lo que se halla fuera de ese mismo límite. Así, podríamos dar por hecho que la realidad o, mejor dicho, el fondo de lo real no coincide con las imágenes del mundo que se encuentran al servicio de nuestra adaptación a un entorno más o menos doméstico. En este sentido, las diferentes religiones obedecerían, cada una a su modo, al impulso, tan humano, por poner un pie, cuanto menos, en lo que trasciende las estrechas fronteras del mundo. No debería extrañarnos, pues, que la propuesta interconfesional sea algo así como un intento de establecer una gramática universal del hecho religioso. Sin embargo, podríamos preguntarnos si el monoteísmo bíblico encaja en ese intento. Y es que, aunque inicialmente la fe en Yavhé se enmarca dentro de la cuestión acerca de qué Dios es el más grande —como si al fin y al cabo el tamaño importara—, con el tiempo la disputa interreligiosa se plantea en los términos de qué Dios es en verdad Dios. El cambio es sutil, pues en cierto modo puede entenderse esta segunda cuestión como si aún siguiéramos en los márgenes de la primera. Sin embargo, la cuestión de la verdad, tal y como se plantea bíblicamente, comporta una dislocación de lo que humanamente entendemos como Dios, de tal modo que la presencia misma de Dios queda en el aire. Dios en verdad no se da como presencia, ni siquiera indirecta, de Dios. O lo que viene a ser lo mismo, la presencia de Dios, bíblicamente hablando, no se da en el presente, ni siquiera cuando lo entendemos como un presente ultramundano, sino en el futuro absoluto del final de los tiempos. La historia pasa a ser, no ya el lugar de la intervención de Dios, sino el tiempo de la fidelidad, de la obediencia al imperativo que se desprende, precisamente, de la des-aparición de Dios, aquel que nos convierte en rehenes de los que no pueden ni siquiera contar con Dios. La fe, así, no se decide del lado del hombre —pues, del lado del hombre, Dios es simplemente el punto de fuga del anhelo de Dios—, sino del lado de Dios. Y del lado de Dios, Dios no es el tema. En tanto que Dios se da, bíblicamente, como promesa de Dios, Dios, de hecho, no es un dato que podamos dar por descontado, ni siquiera cuando hacemos del dato un dato que se encuentra al otro lado del muro.

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