natividad

diciembre 24, 2015 § Deja un comentario

La fe, a diferencia de la mera creencia, reposa sobre un sentimiento de dependencia del hombre con respecto a Dios. En este sentido, la analogía es inmediata: el creyente se encuentra ante Dios como el niño ante su padre. Por eso cuando nos preguntamos cómo el hombre de hoy en día puede situarse ante Dios es como si nos preguntáramos como un hombre, ya adulto, puede situarse ante su padre. Evidentemente, la respuesta es que no como cuando era un niño. La autonomía del mundo significa, entre otras cosas, que el hombre ya no se percibe a sí mismo como criatura. Puede, sin duda, creer que su existencia es debida a Dios. Pero esa creencia no se apoyará en un sentirse en deuda con Dios. La fe, así, se convierte en una cosmovisión entre otras, de hecho, en una cosmovisión epistemológicamente frágil. Por eso, la solución teológica que consiste en afirmar que Dios mismo quiere la autonomía del hombre es una solución siempre y cuando estemos dispuestos a admitir que Dios, como ocurre con nuestros padres, espera que cuidemos de él, una vez ya no sea capaz de valerse por sí mismo. Quizá modernamente solo quepa comprender históricamente la relación de Dios con el hombre. Pues, que el hombre se haya hecho mayor significa, teológicamente hablando, que Dios, ya anciano, se ha puesto en manos del hombre como aquello más frágil de la existencia —como si fuera la vida misma de un niño abandonado entre las pajas de un establo. La cacareada muerte de Dios nos obliga a proclamar que Dios, hoy en día, nace en un contenedor.

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