eppur si muove

diciembre 23, 2015 § Deja un comentario

La ciencia no es solo método, sino también —aunque quizá deberíamos decir, sobre todo— un modo de ser. Así, el sujeto de la ciencia —el sujeto moderno— es aquel para el cual la verdad no puede darse sino como horizonte asintótico de la búsqueda de la verdad. Una verdad científica es, por defecto, provisional. O, por decirlo a la manera de Karl Popper, una verdad que, en sí misma, permanece a la espera de su falsación. De ahí que no haya cielo en el que el científico pueda reposar, ni siquiera en el caso de que se llegara a constatar su existencia. Ciertamente, la búsqueda científica de las últimas cosas presupone que tiene que haber algo último. Pero, parafraseando a Kafka, es como si no fuera para nosotros. Por eso religión y ciencia, al menos en su sentido moderno, no son conciliables. El sujeto que hay detrás de la creencia típicamente religiosa no es el mismo que el de la investigación científica. El primero nace de una visión espontánea, por decirlo así, de las maravillas del mundo. Pues es cierto que espontáneamente no podemos dejar de sentirnos como aquellos que formamos parte de un orden que nos excede por todas partes. Pero el segundo, al menos como sujeto de la indagación científica, se enfrenta al mundo como algo objetivo, literalmente, como algo que se da según la medida de la subjetividad. Sin duda, tanto uno como otro no acaban de fiarse de la apariencias. Para el primero, la realidad del otro mundo es algo que se manifiesta como signos o señales que exigen una visión que trasciende el plano de los intereses elementales del ego. Para el segundo, la comprensión de la realidad exige, en último término, una ruptura con los esquemas que determinan la experiencia común o doméstica, sobre todo cuando abordamos el mundo de las partículas elementales. Pero, a pesar de lo que acabamos de decir, el sujeto de la creencia religiosa permanece ligado al sentimiento espontáneo de la dependencia de lo divino, de tal modo que, si desaparece ese sentimiento, la palabra “Dios” deja de ser significativa, aunque se siga empleando inercialmente. Así, por ejemplo, la idea de que cuanto existe obedece al plan de Dios es consustancial a la sensibilidad religiosa. En cambio, el científico, aun cuando acepte fácilmente que nunca llegaremos a saber en qué consiste lo real, no puede aceptar ese sentimiento de dependencia como el dato incuestionable de la existencia. Pues, aunque se consiguiera certificar que el mundo responde al diseño de una mente superior, quedaría aún en pie la exigencia de un último porqué. Donde el sujeto es soberano —donde el sujeto, aun cuando admita su finitud, deviene el fundamento del mundo qua fenómeno— no hay Dios que pueda valer, precisamente, como Dios. O, por decirlo con otras palabras, para el que posee una sensibilidad religiosa, la hybris del sujeto moderno —el desafío que supone la investigación científica— es, sencillamente, una forma de impiedad. Podemos seguir viviendo, sin duda, creyendo que es el Sol el que se mueve alrededor de la Tierra, pues así nos lo parece. Ahora bien, lo cierto es que la Tierra eppur si muove. Por eso, el lenguaje sobre Dios, para el hombre y la mujer de hoy, solo puede seguir siendo significativo como el lenguaje de una alteridad perdida (y no solo como el lenguaje del mito que ya no puede ser el nuestro). Pues Dios es, precisamente, esa alteridad siempre pendiente, eternamente por venir, que por eso mismo hace posible un mundo para el hombre. De Dios, por tanto, solo cabe un Testamento —un mandato, una voluntad, una ley.

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