sacrificial

diciembre 19, 2015 § Deja un comentario

Como es sabido, las religiones fueron tempranamente religiones sacrificiales. El sacrificio de la víctima propiciatoria regulaba la relación del hombre con lo divino. Para nosotros, eso no deja de ser un síntoma de barbarie. Pero, para el homo religiosus de la Antigüedad, se trataba de una práctica que arraigaba en un dato natural incuestionable: para que algo viva, algo tiene que morir. Nosotros, ciertamente, estamos lejos de admitir la crueldad como el principio inalterable de la existencia. Y por eso damos por descontado que lo que debe ser, moralmente hablando, no siempre casa con lo que tiene que ser por naturaleza. Pero no lo creyeron así los antiguos. Para ellos una religión sin sacrificio no podía ser eficaz. Un Dios que, en vez de sacrificio, exigiera justicia—el Dios que detuvo la mano de Abraham— tenía que ser necesariamente un Dios en falso, un producto de mentes que no podían admitir la ley fundamental de la existencia. Que ese Dios llegara a ser el único Dios verdadero tuvo que suponer a la fuerza una alteración de la noción misma de lo divino, de tal modo que, a partir de entonces, la divinidad solo pudo permanecer en la conciencia de los hombres como el contenido de una creencia y, por consiguiente, como aquello sobre lo que se cierne, eternamente, la sospecha. Un Dios contrafáctico —un Dios, literalmente, impresentable— es un Dios que solo podemos conocer de oídas. De ahí que el monoteísmo fuera, para la sensibilidad religiosa de entonces, una ilusión de quienes, en su delirio, oyen voces que nadie en su sano juicio es capaz de oír.  

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