arquetipo e individualidad

diciembre 12, 2015 § Deja un comentario

Es indiscutible que las relaciones entre hombre y mujer se han vuelto más complejas. Antiguamente, no se le exigía tanto a una relación. Antiguamente, un hombre, una mujer eran lo que representaban dentro de un orden cósmico en donde lo que era en verdad —el pleno al quince— era, sencillamente, lo que debía ser según ese orden dado, en principio, de una vez para siempre. El arquetipo determinaba el modo en el que nos aproximábamos al otro sexo. Así, pongamos por caso, mujer era, antes que nada, una figura de la maternidad. En cambio, hoy en día, el hombre y la mujer son antes que nada individuos, carácteres y no tipos más o menos agraciados —más o menos amables. Así, no buscamos, respectivamente y de buen comienzo, a alguien que pueda ser un buen padre o una buena madre, sino una media naranja, alguien que nos guste. Ciertamente, no aspiramos tan solo a nuestra satisfacción, sino también al amor, mejor dicho, a un gran amor. Pero quienes pertenecemos a una sociedad de consumo, y en tanto que somos en gran medida lo que hacemos (y lo que hacemos, principalmente, es trabajar para consumir), no podemos evitar confundir los términos, y así creemos fácilmente que amamos lo que, simplemente, nos gusta con pasión. De este modo, nos aproximamos al otro sexo como quien, en un supermercado, busca el mejor producto. Y esto, como podemos suponer, tiene un mal final. Incluso el caviar a diario cansa. Como buenos consumidores no soportamos el desgaste del bien adquirido. Tarde o temprano, toca reemplazar. Ahora bien, somos lo que somos. Y como individuos se nos da otra oportunidad, una posibilidad distinta a la que tuvieron quienes vivieron sujetos a la lógica de lo arquetípico. Pues lo cierto es que el encuentro solo cabe entre individuos que, en sí mismos, no acaban de coincidir con lo que, de algún modo, representan. Un individuo es, al fin y al cabo, en tanto que difiere continuamente de sí mismo, un indigente, un desarraigo, un no acabar de ser lo que parece. Es así que el hombre y la mujer actuales pueden encontrarse. Pero, como decía Rimbaud, fuera del mundo. La habitación de los amantes es, hoy en día, tierra sagrada, acaso la única que permanece secularmente en pie. El resto es vida profana, esto es, oficio, un buen oficio en el mejor de los casos. Pero ya se sabe que, incluso para el oficio, hacen falta unas buenas dosis de habilidad o, mejor dicho, sabiduría.

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