no es lo mismo

diciembre 4, 2015 § Deja un comentario

La operación básica de la exégesis pastoral consiste, grosso modo, en traducir las principales declaraciones cristianas a un lenguaje inteligible para el hombre y la mujer contemporáneos. Así, fácilmente algunos interpretes de la Biblia acaban diciendo, con la mejor de las intenciones, cosas como la siguiente: “hablar de la resurrección es un modo de decir que Jesús sigue vivo en nuestros corazones”. Y, ciertamente, si es verdad que Dios resucitó a Jesús de entre los muertos, entonces Jesús sigue de algún modo vivo en el espíritu de los creyentes. Sin embargo, la cuestión es si estamos ante una traducción o, por el contrario, ante una reducción del kerygma originario. Pues, si bien es cierto que decir “Shakespeare” es lo mismo que decir “el autor de Hamlet”, no parece que sea lo mismo decir “Shakespeare” que decir que la lectura de Hamlet te hace más culto, aunque esto último sea, por su lado, indiscutible. Uno puede sospechar que la exégesis más preocupada por despojar el anuncio evangélico de su crosta mítica, no hace otra cosa que dar gato por liebre. Y es que si, cristianamente hablando, Jesús sigue vivo en el corazón del creyente no es porque así lo sienta, sino porque Dios resucitó efectivamente a Jesús de entre los muertos. El presupuesto de la traducción exegética es que hay algo así como una experiencia en bruto que admite diferentes lenguajes. En ese caso, deberíamos reconocer que, si nosotros hubiéramos estado allí, entonces no hablaríamos propiamente de resurrección, sino de la presencia viva del crucificado en nuestro interior. Pero es obvio que no estaríamos hablando de lo mismo. Cuando los primeros creyentes recurrieron al lenguaje de la resurrección fue porque intentaban dar fe de un acontecimiento y no simplemente expresar una vivencia. El lenguaje de la resurrección —como buena parte de las categorías cristianas— no es, por consiguiente, un modo de exponer figuradamente una experiencia interior, sino un dar fe en el sentido casi notarial de la expresión. Ciertamente, nadie vio la resurrección, pero, como suele ocurrir en el ámbito jurídico, sí que hubieron indicios suficientes —entre ellos, una tumba vacía— para llegar a un veredicto: No hay acontecimiento que sea independiente del lenguaje que lo articula, precisamente, como tal. Al menos, en lo que respecta al credo cristiano. Otra cosa es que, hoy en día, no sepamos cómo tomarnos esto de la resurrección de entre los muertos. Pero quizá el creyente actual deba comenzar por reconocer que, con la confesión cristiana, nos pasa lo mismo que con la música de Bach: que es verdadera, aunque ya no podamos componer a la manera de Bach. Quien actualiza a Bach, como en su momento hicieron algunos, añadiendo de fondo una caja de ritmos, no actualiza a Bach, sino que, sencillamente, lo falsifica. Y quizá por ello, la misma Iglesia, al resistirse numantínamente a una reformulación del credo, nos esté diciendo que, en realidad, ya no podemos seguir creyendo como por aquel entonces. Que uno, en definitiva, solo puede ser fiel a Bach componiendo como Schönberg.

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