el rostro de Jano

diciembre 2, 2015 § Deja un comentario

Una verdad que te da la vida es que todo tiene dos lados. No hay virtud que no posea su lado oscuro. Así, el lado oscuro de la voluntad es la obcecación, el de la bondad, la estupidez. De hecho, no es cierto que, si todo fuera luz, no habría oscuridad: lo que no habría es luz. Como suele decirse en filosofía, la realidad es dialéctica. Ciertamente, todo es cuestión de grado. Una habitación puede estar más o menos iluminada. Y es mejor que esté iluminada a que no lo esté. Pero es innegable que la oscuridad es la condición de posibilidad, como suele también decirse, de la luz. Y si esto lo aplicamos al tema de Dios, quizá nos demos cuenta del carácter fantasioso de la imagen de Dios que prevalece en la cancha del cristianismo progresista, el cual permanece preso, diría, del tópico de la no dualidad. Los antiguos creyentes, que en esto poseían una sensibilidad más afinada que la nuestra, no dudaban del carácter ambivalente del Dios vivo. Pues, efectivamente Dios podía ser misericordioso. Pero solo porque también cabía la ira de Dios. Un Dios para el cual la ira no es una posibilidad —un Dios incapaz de condenar al hombre, de interpelarlo seriamente— no puede ser real. Un Dios que no puede juzgarnos tampoco puede perdonar, estrictamente hablando. Así, con el agua sucia del juicio, fácilmente terminamos echando por el desagüe al niño Dios. En su lugar tenemos una imagen de un Dios bonachón, algo así como el abuelito de Heidi, la cual responde más a nuestra necesidad de algodón que a la realidad de Dios. De hecho, que no sepamos qué hacer con un Dios que nos pone contra las cuerdas es el síntoma, no de nuestro progreso con respecto a la verdad de Dios, sino de que ya no sabemos en qué consiste una experiencia de Dios. Y en esa estamos.

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