teodramática

noviembre 20, 2015 § Deja un comentario

La modernidad tardía (también llamada posmodernidad) se caracteriza, suele decirse, por la imposibilidad del metarrelato. La historia, en palabras de Shakespeare, es “un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada”. No debería extrañarnos, por consiguiente, la crisis actual de la conciencia cristiana. La muerte del Dios personal de la tradición bíblica puede entenderse, desde la óptica posmoderna, como la pérdida del papel protagonista. No hay historia qué representar. Una vez, la “historia de salvación” deja de comprenderse como un drama creíble, en el sentido teatral de la expresión, el creyente se ve obligado a transformarla en un modo de decir, culturalmente determinado. Así, Dios pasa a ser simplemente el nombre de otra cosa: la bondad, el amor, la fuerza… Pero es evidente que, con ello, tiramos al niño con el agua sucia. El historicismo moderno suprime, pues, la posibilidad de una “historia de salvación”, de una dramática católica, universal. Pero si la historia ya no puede experimentarse como los diferentes capítulos de un drama cósmico, entonces el creyente difícilmente puede interiorizar el sentido de su acción. O, al menos, interiorizarlo bíblicamente. Por definición, el sentido de cuanto hacemos depende de que podamos comprender lo que hacemos en el marco de un relato que se sostiene por sí mismo. Pero donde ese relato ha dejado de ser ontológicamente válido, donde solo puede entenderse como metáfora, el sentido de la acción creyente depende enteramente del ideal. Así, la acción es el medio para conseguir la utopía cristiana o, como suele decirse, el Reino. La fe en Dios se traslada a la fe en el proyecto de Dios. Sin embargo, el ideal no merece, propiamente, nuestra fe, salvo que seamos unos ingénuos. Un ideal es siempre un ídolo con pies de barro. Donde Dios deja de ser el actor principal de la historia, no hay mimbres que puedan sostener el peso de la utopía. Ni siquiera cuando, forzadamente, nos atrevemos a calificarla como la utopía “de Dios”.

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